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Sicilia: Sueños de una isla invadida 21. Vulcano I-El lugar donde se forjan los rayos.



Que un lugar sea designado por un concilio como la morada del diablo tiene su morbo.
El II Concilio de Nicea, convocado allá por el año 787 para luchar contra los iconoclastas, afirmó que las islas Eólias eran lugar de manifestaciones físicas del diablo. Corrían tiempos de presencias demoniacas y había que combatirlas a cualquier precio. Los musulmanes ya se habían apoderado de España y amenazaban a la cristiandad. Su siguiente paso sería Sicilia y sus islas adyacentes.

No creo que Carlos se inspirara en estas informaciones para proponer una excursión a las islas, accesibles desde Mesina y desde Milazzo, a una distancia razonable de nuestro hotel. Lo que le atraía era trepar a un volcán. Me pareció una estupenda propuesta. Nuestra isla elegida fue Vulcano.
La recepción del hotel nos facilitó folletos y horarios y nos advirtió de que teníamos más posibilidades desde Milazzo que desde Mesina y que confiáramos relativamente en los horarios de la guía y folletos. Internet era más fiable.
Tuvimos mala suerte ya que al llegar a Milazzo salía uno de los barcos hacia las islas, por lo que tuvimos que esperar hasta las 12 de la mañana. Aprovechamos para tomar un café y observar a la gente que había tenido la misma idea que nosotros. Había un poco de todo, pero prevalecían los que buscaban un día de playa. Sombrillas, silletas, toallas (mejor llevar una del hotel para que quedara impregnada de olor a azufre), chanclas y bañadores o bikinis daban color a esa espera. Algunos llevaban equipo de buceo y otros sus cañas de pescar. Todo el mundo hablaba muy alto.

La travesía se nos hizo corta. Nos asomamos al mar para contemplar delfines o cualquier otro pez o cetáceo. Nos quedamos con las ganas de esos avistamientos. El espectáculo eran las islas que se aproximaban a nosotros. "El santo grial europeo de los amantes de las islas", según la Lonely Planet, era un destino popular entre los veraneantes. Los más privilegiados accedían con sus propios barcos y se posaban en las calas y bahías para disfrutar de sus encantos.

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