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Sicilia: Sueños de una isla invadida 19. Evocación de la batalla de Milas y de la Primera Guerra Púnica.


Entre las rutinas del viaje figuraba que me encargara de la conducción después de la comida. Mi sobrino Carlos entraba en trance y se regalaba una suculenta siesta. Yo me concentraba al volante, ponía un poco de música y me dedicaba a mis ensoñaciones y recuerdos. Quedaban un par de horas de viaje.
Cefalú fue aliada de los cartagineses en su lucha contra Siracusa, pero fue ésta la que acabó victoriosa y sometió a la ciudad que acabábamos de visitar. Más tarde, en el siglo III a.C., estuvo en la órbita de Roma. Fenicios y cartagineses habían ido arrebatando poder a los griegos en Sicilia. Roma tomaría el relevo tras la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.), que tuvo como escenario principal a Sicilia.
Mientras avanzábamos por la cómoda autopista más bien escasa de tráfico, pude contemplar a grandes saltos el mar que se desplegaba a la izquierda. Aparecía tras un túnel, se mostraba con un puente, jugaba conmigo al escondite. Era una forma como otra cualquiera de entretenerse y romper la monotonía de la conducción.
Cartago dominaba la zona occidental de la isla mientras que la oriental estaba controlada por Siracusa. Las relaciones entre Cartago y Roma eran buenas ya que habían sido aliadas contra el rey Pirro de Epiro. Recordé el presagio de las Guerras Púnicas en la Eneida, de Virgilio (Libro IV, 622-629), si bien el mismo fue escrito muchas décadas después:
Y, nosotros, mis tirios, perseguid sañudos a su estirpe,
y a toda su raza venidera, rendid este presente a mis cenizas:
que no exista amistad ni alianza entre ambos pueblos. ¡Álzate de mis huesos]
tú, vengador, quien fueres, y arrolla a fuego y hierro a los colonos dárdanos,]
ahora, en adelante, en cualquier tiempo que se os dé pujanza!
¡En guerra yo os conjuro, costa contra costa, olas contra olas,
armas contra armas, que haya guerra entre ellos y que luchen los hijos de sus hijos.]

Era el grito de la reina Dido que había ofrecido hospitalidad a los troyanos y matrimonio a su líder, Eneas, y que contemplaba cómo éste la abandonaba por cumplir la orden de los dioses, tan caprichosos e incluso malvados que jugaban con los humanos sin importarles las consecuencias de sus actos. Clama venganza por despecho y sacrificará su vida sin remedio.
El desencadenante de esta primera fase de la larga contienda fue la toma de Mesina por los mamertinos, mercenarios de Campania que ya habían formado parte de la guardia de élite de Agatocles de Siracusa y que a la muerte de éste buscaron acomodo en la isla. Hierón II de Siracusa los derrotó y los mamertinos pidieron ayuda tanto a romanos como a cartagineses.
Los romanos aceptaron la oferta de ayuda, conquistaron Mesina, se dirigieron hacia el sur y Siracusa firmó la paz, comprometiéndose a ser aliada de Roma y a abastecer a sus tropas. En adelante, contarían con las provisiones necesarias para sus campañas sin necesidad de los abastecimientos desde la península itálica. Posteriormente, prosiguieron sus campañas y tomaron Agrigento, Segesta y Makela. Fue en ese marco cuando tuvo lugar la batalla naval de Milas en esas aguas que contemplaban mis ojos. Penteras romanas contra hippos cartagineses. Más de cien naves por cada bando. Los romanos confiaban en sus técnicas de abordaje y en el eficaz corvus, una especie de pasarela con un gancho que se hincaba en la proa enemiga y permitía el paso a las tropas de asalto de un barco a otro para el combate cuerpo a cuerpo. Aquélla fue la primera gran victoria naval de Roma. Aunque hubo alternancias en la iniciativa, al final el triunfo cayó del lado de Roma y los cartagineses perdieron su presencia en la isla. Aún hubo dos Guerras Púnicas más.

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