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Sicilia: Sueños de una isla invadida 17. Cefalú II.



Nos plantamos en el pueblo a la hora de comer. La playa estaba repleta. Más repleta estaba la línea de restaurantes que daba a la playa, pero las buenas artes de Carlos nos otorgaron un sitio que nos permitió controlar el mar y el paseo. Instintivamente buscamos a los personajes entre el barullo de gente que se movía por todas partes. Estaba claro que el turismo había transformado aquel lugar y aquellos tiempos en que el cine era algo más que un pasatiempo.

Los veraneantes combatían el sol bajo las coloridas sombrillas o refrescándose en el agua. Nosotros, con buena cerveza local acompañada de pescado a la parrilla. Entre el ruido de la cocina y de los clientes era difícil mantener una conversación.
Me gustaba el frente de casas sencillas que daba al mar. Era la imagen habitual de las postales, como la imagen de marca de la población. El conjunto estaba más deteriorado de lo que luego comprobamos al acercarnos. Era un poco anárquico con sus fachadas, ventanas, balcones y arcos que seguían el palpitar de sus gentes humildes, lo que lo hacía más atractivo. Casas de pescadores que quizá ahora habían caído en manos de turistas o veraneantes.

Entramos en el casco antiguo por Porta Pescara y nos acercamos al antiguo lavadero medieval. Cuentan que era alimentado por el pequeño cauce de un arroyo que se formaba con las poéticas lágrimas de una ninfa. Desde allí, estaba cerca del museo Mandralisca, con una colección arqueológica interesante -y algunas críticas poco edificantes- y el Retrato de un desconocido de Antonello da Messina, de enigmática sonrisa al estilo de la Mona Lisa. No estábamos muy por la labor de esa visita, por lo cual nos infiltramos por los callejones.

Caminamos por el casco antiguo. Las calles descendían por la pendiente que comunicaba la catedral con la zona del mar. Las sábanas colgadas al sol se agitaban mostrando los gustos de cada casa. Pegados al lado de la sombra fuimos remontando la cuesta con la tripa llena, como en una peregrinación o una penitencia. Quizá habría sido más inteligente quedarse durmiendo la siesta en la pequeña cala frente a las casas. Por supuesto, había poca gente. Los locos somos escasos.


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