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Sicilia: Sueños de una isla invadida 15. Por la costa norte.



Tomamos la autopista que cruzaba todo el norte en dirección este. Más abajo, más cerca de la costa, la carretera antigua recompensaba la incomodidad con unas vistas espectaculares. Quizá aún mantenía algo de las “vagas huellas sembradas de baches y colmadas de polvo” que describía Lampedusa en El Gatopardo. La montaña tenía un aspecto gris, seco, con vegetación baja, casi inexistente en algunos puntos. Hasta la cordillera, unos campos con vides, olivos y frutales. La carretera se acoplaba a un escalón geológico, lo que provocaba que contempláramos el paisaje como desde un mirador móvil.

El mar, sin embargo, emitía un color azul índigo, transparente, que relajaba. Hacia el horizonte se aclaraba, se mostraba inmóvil, tranquilo, sin ninguna presencia, ni siquiera la de algún barco. La costa era recortada y las rocas se adentraban en el mar pacíficamente. Era difícil encontrar una cala de arena. El coche se deslizaba arrastrando nuestro silencio.
A espacios regulares, aprovechando los entrantes de la tierra en el mar, se divisaban torres que se asomaban a la punta como si fueran granos en una nariz. Eran torres de vigilancia construidas por los normandos para controlar las incursiones de los piratas. Cuadradas, cúbicas, aisladas en el morro de un pequeño cabo, por un singular sistema de luces anunciaban la llegada de los corsarios, que siempre gustaron de atacar esta isla tan agraciada y rica.

Por lo accidentado del terreno se suceden un sinfín de túneles y viaductos. Al salir de los túneles te deslumbraba un fogonazo de sol que te dejaba un poco noqueado. Hermosas o rústicas casas se acoplaban a las pendientes.
Completamos los 80 kilómetros sin apenas darnos cuenta. Tomamos el desvío y lo primero que divisamos fue la población en su conjunto, con el puerto de pescadores en primer plano, las casas bajas a continuación y emergiendo de entre ellas la Catedral. Detrás, la Rocca en forma de cabeza de la que derivaba el nombre de Cefalú. Sobre la misma se divisaba una muralla, a modo de acrópolis, que fue fortaleza árabe y normanda. Esa fortaleza conservaba los restos de una construcción megalítica del siglo IV-III a. C., el templo de Diana. Subir hasta allí era una hazaña que compensaba por las espectaculares vistas, pero deberá ser completada en otro viaje.

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