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Uvas sagradas de un río de oro 22.



Vuelvo a ascender la montaña y a intuir los viñedos escalonados. Si tuvieran vértigo morirían en el acto. De estos bancales saldrán las uvas que alegrarán nuestro descanso.


Fueron los romanos los que introdujeron la vid, si bien no fue hasta la llegada de los monjes negros cuando el vino mejoró con sus técnicas y se extendió por un territorio más amplio. A finales del siglo XIX tomó un nuevo impulso y la consagración de la denominación de origen Ribeira Sacra le dio su puesto definitivo.


El tiempo ha empeorado sensiblemente, aunque aún aguanta con una muy leve lluvia. Cuando paro para observar el río y los viñedos que alcanzan su orilla me mojo tibiamente. Los colores son de otoño, pese a estar en pleno invierno.


Paso San Lourenzo de Ribas de Sil. Continúan acompañándome las curvas. Las aldeas son pequeñas y la presencia humana, escasa. Se va haciendo tarde, por lo que tengo que saltar varias indicaciones. En algún lugar ha quedado el Balcón de Madrid, el más espectacular de los miradores. También alguna cascada. No importa porque el paisaje adaptado al esfuerzo del río por abrirse paso entre las montañas es sublime.

De A Teixeira a Castro Caldelas no hago ninguna parada. Me tienta tomar otra carretera hacia Orense por creer que llegaré antes.
Se han sucedido los pequeños cementerios, de los que está plagada la Ribeira Sacra. Al gallego le tira el terruño y quiere reposar cerca de su hogar. Ritos solemnes y liturgias cotidianas son las visitas a los cementerios. De niño me decían que en ellos se celebraban fiestas y romerías y me preguntaba si es que tenían poco respeto por los muertos o es que éstos estaban tan presentes en las vidas de los vivos que también tenían derecho a un alegrón sin tener que salir de casa y dar un susto a más de uno, aunque en Galicia los aparecidos no son tan tenebrosos como en otros lugares donde carecen de ese sentido mágico. Añoranzas, de los vivos y de los muertos.
Castro Caldelas es un gran pueblo. Lo preside su castillo, que durante años representaba el poder señorial. Me desvío para visitarlo y aprovecho para explorar ligeramente el pueblo. Es el más completo y mejor dotado de los que he visto en el trayecto.


El castillo es medieval, bien reconstruido, porque las revueltas, defensas y rebeliones lo dejaron maltrecho. En el siglo XV, las Irmandiñas y las luchas entre el conde de Lemos y el conde de Benavente aportaron su granito de arena de destrucción. Las tropas napoleónicas lo quemaron como venganza a la rebelión contra las mismas cuando se retiraban de Galicia. Esta tierra da para ascetas y guerreros libertadores.
La torre del homenaje es cuadrada y sólida. A sus pies, una catapulta pequeña. Paso el foso, entro al patio, me asomo a algunas estancias y subo a la muralla para observar el pacífico pueblo en domingo. Turismo y buenos restaurantes se hermanan en sus calles. Aún es pronto para comer.


Salgo de la Ribeira Sacra y se trasforma la carretera. Me sorprende A Pobra de Trives, que sólo atravieso, para mi pesar. En la zona hay restos de castros. Por aquí pasaba la Vía Nova. Quizá la carretera de la que vengo siguió su trazado.
Bibei es un río y un pueblo. Atravieso las tierras de Bibei, las del mayor afluente del Sil, cargadas de viñas y de nostalgia. Trajano trazó un puente sobre este río.
Tomo dirección a A Gudiña. Galicia ofrece su linde. En Viana do Bolo, que atesora un castillo, como junto a un lago: Aguas Mansas. Reconstruyo mi cuerpo y le doy vida con una sopa de pescado y la parrillada de carne. Mi vista se pierde en la laguna encajada en las montañas.
Como si hubiera que echar el telón, en los Padornelos se inicia un diluvio. Gracias por haberlo aguantado hasta terminar mi exploración. Siempre recuerdo al hombre del tiempo mostrando nubes y lluvia en la región de Galicia. Las borrascas le tienen cariño a esta región, pródiga en agua.
Hasta Madrid no cesará la lluvia.

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