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Uvas sagradas de un río de oro 19. Cañones del Sil.



También fue en la segunda visita, y en compañía de Amparo, José Luis y Carlos, cuando realizamos una travesía por los cañones del río Sil. En esa zona se abre paso por unos hermosos meandros de altos y encrespados paredones. No tuvimos que esperar mucho. Parecía que el barco estuviera pendiente de nuestra llegada para partir.

El día era claro, las nubes blancas y sin trazas de lluvia, y el sol calentaba tímidamente. La brisa rizaba la superficie del agua.
La mayor curiosidad eran los viñedos apostados en las cuestas, lo que había provocado que estuvieran en bancales asumamos al río. Con esas uvas se obtenían los famosos caldos de la Ribeira Sacra. La producción era pequeña y la calidad estupenda.

El barco se puso en movimiento a una velocidad pausada: había que disfrutar del momento. Las laderas estaban tapiadas de verdor, de pinos, sobre todo. Las peñas se abrían paso en el bosque exhibiendo músculos de piedra. El río iba bajo de cauce y dejaba un escalón sin vegetación.

Al pasar cerca de uno de esos viñedos verticales comprobamos cómo realizaban la vendimia: descolgándose por el talud y recolectando las uvas en barcas cuando no había otra opción por lo abrupto y salvaje.

El paso se fue estrechando pasados unos giros de la embarcación. Lo observábamos desde parte alta, que se convertía en un buen mirador. Busqué con la mirada un camino o una carretera, el lugar donde se indicaban los miradores que había utilizado para asomarme a él. Pero la vegetación era densa, casi impenetrable. Los cañones guardaban celosamente su tesoro.


El cielo se fue cerrando de nubes negras que cubrieron los esfuerzos del sol. Luego juguetearon el sol y las nubes. En algunos tramos, las rocas dominaban el paisaje y dejaban poco espacio a árboles y matorrales.
El tiempo pasó sin darnos cuenta.



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