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Uvas sagradas de un río de oro 13. Orense IV. Café Latino.


El reloj del ayuntamiento marca las horas. Empiezo a sentir un poco de frío. Es el momento de partir.
Café Latino es el local de jazz de Orense. Impera la madera oscura y una luz excesivamente potente que se atenúa durante las actuaciones.
Me sitúo junto al sobrelevado del piano, que está con la tapa bajada, expectante, deseoso de que alguien use sus teclas y le dé vida.
Son las nueve de la noche de un sábado de febrero. Mis piernas no dan para más. La aparición del café ha sido una bendición. Supongo que mandada por Santa Eufemia, en cuya plaza, en el número siete, se ubica. Aún no tengo hambre y no me quiero sumergir en la vorágine de la zona cañera. El mobiliario es el tradicional de un café antiguo, madrileño o centroeuropeo. Las mesitas redondas son de piedra blanca sobre estructuras de hierro negro. Si fueran cuadradas, creería que las han sacado de La colmena. Las sillas, las de toda la vida, marrones, el apoyo de la espalda en arco, cuatro barrotes y arquillos que van de pata a pata pasando por el asiento, como una peineta.
Lo más llamativo son las fotos en blanco y negro de músicos legendarios de este estilo. Charly Mingus está a mi izquierda. Para reconocer a alguien más tendría que acercarme.
El personal que disfruta del local es variado: tres parejas de chavales veinteañeros, tres señoras que rondan los sesenta, una pareja joven que entró antes que yo, parejas dispares, como para que haya representación de todos los gustos. Los de la galería superior gozan de una vista estupenda sobre los mortales de abajo. En la barra, cuatro parroquianos.
El elemento común es que se charla animadamente, con lo que se escucha poco una música que no es de jazz, algo peculiar. Quizá es que no es el momento y los asistentes a esta hora prefieren algo más popero y convencional. Nada que objetar. El sitio sigue gustándome. Tanto como la cerveza fría, los tres pinchitos de tortilla y las olivas.
Y ahora que he terminado mi crónica puedo entretenerme en curiosear y filtrarme en alguna conversación que sea interesante. Los solitarios tenemos que ser un poco porteras.

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