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Uvas sagradas de un río de oro 12. Orense III. As Burgas y el ayuntamiento.


Fer, la novia de mi sobrino Pepe, me había aconsejado, entre las curiosidades de Orense, las termas. Me he traído el bañador, que he dejado en el hotel. Como me meta en aguas termales me quedaré sobeta sin remedio.
A la derecha del ayuntamiento tomo la calle que marca un indicador hacia As Burgas. Bajo por la calle del mismo nombre y en una plazoleta encuentro una piscina al aire libre donde se baña un grupo de gente. Son las termas municipales, las gratuitas. No están masificadas. Los usuarios permanecen arrimados al borde y dejan que las aguas calientes y mineralizadas les tonifiquen. Sinceramente, me da envidia.


Un poco más abajo, la fuente originaria mana el agua vaporizada. Es una fuente de piedra, antigua, con solera, como corresponde a uno de los símbolos de la ciudad.
Tres cousas hai en Ourense,
que non as hai en España,
O Santo Cristo, a Ponte Romana,
e as Burgas fervendo auga.

Ya las he completado.
Mientras espero para fotografiar la fuente se acerca un señor mayor y se moja una mano, recoge un poco de agua y la lleva al rostro. Más concienzuda es una señora, más mayor, que hace una pseudoablución. Sólo le falta persignarse con esa agua, que por sus saludables condiciones sería asimilada a agua bendita.
Me da un cierto miedo quemarme y no me dejo purificar. Yo me lo pierdo, tonto de mí. Donde fueres, haz lo que vieres.
Mis alumnos me han confiado otras alternativas que he leído en otros lugares: las termas de Chavasquieira, las de…

Como el tiempo lo permite, la ciudad se puebla de terrazas que aprovechan cualquier espacio. Las de mayor encanto son las que ocupan los recovecos de la ciudad antigua, plazuelas entre monumentos, recodos, plataformas que equilibran las cuestas. Las mesas y las sillas, ocupadas por la población de la ciudad, invaden los espacios para deleitarse.
Me provocan un problema de elección ya que cualquiera de ellas es un observatorio privilegiado sobre el continuo devenir de paseantes, unos peregrinos de corto recorrido. Supongo que aún estoy en el Camino de Santiago. En un salto ganarían el jubileo, pero se empeñan en no salir de la ciudad.
Las terrazas son lugar preferente para fumadores, a los que se veda el interior. En el exterior se consume más café e infusiones que refrescos, vinos y cervezas. Hasta que la hora pide el cambio y se salta al bebercio. El ambiente es distendido. No se discute. Las risas priman sobre los malos rollos.
Después de un poco de turismo hago una parada en la plaza Mayor y me incorporo al elenco de actores del mundo de las terrazas. Desde mi mesa domino la plaza, inclinada hacia la Casa do Concello, el ayuntamiento. La plaza regala un amplio espacio libre. Fue lugar de fiestas, ferias y mercados.

Me sitúo al lado de cuatro chavalitas muy monas que hablan de novios, de rolletes, de flechazos y amoríos. Continuamente se echan el pelo hacia atrás mientras lanzan un discurso de lo más pijo. Es gracioso: regreso a la edad del pavo.
El camarero me pregunta si quiero la coca-cola fría y si quiero hielo. Aún se aguanta fría.
Escribo un rato, con la antena puesta. Los de mi derecha, dos matrimonios y un niño, tienen una conversación intrascendente. Me concentro en los figurantes que entran y salen de escena. Al otro lado de la plaza, un tren turístico (de las Termas) que habrá terminado su jornada. ¡Cómo se copian las atracciones las ciudades y los pueblos!


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