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Uvas sagradas de un río de oro 11. Orense II. La catedral.


Un paseo sacro te conduce por la ciudad monumental y el barrio viejo. Santo Domingo es la primera Iglesia, en la calle del mismo nombre. Es lo que se ha conservado de un monasterio o un convento. Entro en el momento de la misa y fijo la vista en su retablo barroco. Una constante en las demás iglesias. Las hechuras serán del granito claro que se repite constantemente.

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Santa Eufemia es de fachada envidiable. Se arquea y se decora profusamente, pues es barroca. Cumplo el rito de entrar, observar un poco y alterar lo menos posible la celebración de la misa. El altar barroco alberga el Cristo de la Esperanza.
El templo más alejado de todos es el de la Santísima Trinidad, gótico, construido entre el siglo XII y el XVI, con dos torres como castillos. Formaba un conjunto con el hospital de peregrinos de San Roque. Entro en un jardincillo desde la plazuela de la Trinidad. Observo un cruceiro. En el pórtico, unas sencillas imágenes de mucha calidad. En el interior, una hermosa bóveda de crucería y un retablo renacentista, aunque lo digo por haberlo visto en internet. Esta zona no es demasiado recomendable. Me da que es la zona de prostitución más baja. Algunos personajes dan un poco de miedo.
Subo hasta San Francisco por cuestas y escaleras. Una calle amplia separa el antiguo refugio de peregrinos en piedra que se ha convertido en archivo provincial. Están en obras y la iluminación es tenue. Casi lo veía mejor esta mañana de paso. A un lado, el cementerio. Al otro, el moderno auditorio.
Regreso a la zona antigua y de cañas.

La catedral es una visita imprescindible. La rodeo, soy consciente del desnivel sobre el que está construido, me hago un lío con las orientaciones y voy pasmándome ante cada una de sus puertas. Está dedicada a San Martín de Tours.
La primera, precisaría que es la sur. Una plaza de forma irregular la descongestiona, un entorno agradable. Examino las figuras talladas en sus arcos y en los capiteles: animales, músicos, personajes indefinidos. Magnífica ejecución románica del estilo que he observado en otros templos del Camino de Santiago. El espíritu del Maestro Mateo se filtra por sus muros.


Rodeo por la derecha hasta la puerta norte. Ésta está bien señalizada porque el bar de la esquina contraria se llama así. A las figuras de arcos y capiteles se unen dos tallas en las jambas que parecen prestadas de la catedral de Santiago. En parte, es similar a ella, con matices. En ese momento salen los asistentes a un concierto en la catedral. Desde la puerta norte sale la calle Lepanto, que es el orgullo del tapeo orensano.


Bajando un poco más podría olvidarse la tercera puerta, la oeste, la principal, la de los feligreses. La preside una figura con un arpa. Nueva coincidencia con Santiago. Nuevos arcos con personajes. Lo peculiar de esta puerta es que en su interior guarda un tesoro: el Pórtico del Paraíso, la versión del Pórtico de la Gloria de Orense. La pena es que están restaurándolo, con lo que me meto entre andamios y procuro ver lo más posible. En el parteluz, el santo sedente. Es el que mejor ha conservado la policromía. El resto de figuras, de una calidad excepcional, se intuyen bastante bien. Me apuntan que están representados los 24 jueces del Apocalipsis y el Juicio Final.


Las naves laterales están repletas de sarcófagos de obispos enterrados. Al frente, un espectacular retablo barroco dorado, de Cornelis de Holanda. Unos señores tratan de iluminarlo y ponen la moneda de 50 céntimos que pide una ranura, pero aquello no reacciona. Habrá que contemplarlo en la penumbra, alargado el ábside y encerrado con una reja magnífica.


No te puedes perder la capilla del Santo Cristo, una de las tres singularidades de la ciudad. Si le crece el pelo o si es una leyenda lo dejo a tu elección, que mucho se ha escrito de él. El barroquismo dorado es tremendamente espectacular. Espero a que un feligrés termine su rezo para fotografiarla desde fuera. Está cerrada.

Rodeo el deambulatorio umbrío. Excelentes capillas y decoraciones. Antes de salir me fijo en el cimborrio iluminado que corona el centro del templo. Otra maravilla. El museo catedralicio, para otra ocasión. Procuraré profundizar en las riquezas de esta catedral.



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