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Uvas sagradas de un río de oro 10. Orense I. Puente romano.

Foto de Victor Hermida Prada-Licencia Creative Commons Atribución 2.0 Genérica. Obtenida de Wikipedia
Orense nació en la confluencia de los ríos Barbaña y Miño. Observando cómo bajan las aguas del Miño se explica la necesidad de salvarlo con un puente. Los primeros que lo entendieron, o que dejaron su legado de ingeniería, fueron los romanos. El puente romano ha sobrevivido a los envites de la corriente. Ahora es peatonal: se ha ganado un pase a la reserva.
Lo observo desde el otro lado y me parece poderoso. Los dos apoyos sobre el río son tremendos, patas de elefante en piedra perfectamente asentadas. No es de extrañar que sea uno de los orgullos de la capital. Seguro que su construcción va arropada por alguna leyenda, la intervención de fuerzas sobrehumanas o del propio demonio, al que al final engañan y no se cobra el alma de aquel a quien ayuda a terminar la obra a tiempo.
Desde aquellos tiempos remotos se han unido al servicio de Orense un viaducto, el Ponte Novo, una pasarela, un puente sin nombre que une Cela con Rúa de Xesús Pousa Rodríguez y el Ribeiriña.
Aparco el coche junto al más moderno. Su diseño es impactante, vanguardista, con unos bucles que se debieran utilizar como montaña rosa o pista de entrenamiento o exhibición de monopatines. Increíble. Me quedo un rato bajo el sol contemplando cómo pasan los vehículos y si hay humano alguno que se aventure en los bucles, curiosidad malsana.
Sitúo la torre de mi hotel entre el caserío apretado que se asoma al río. En la parte baja han habilitado un paseo fluvial que hace las delicias de los andarines. Después de lo que ha llovido en estos días hay que hacerle los honores al sol, que castiga benévolamente la piel.
Mientras, camino hasta el Puente Viejo, ese es mi entretenimiento. En la vía que baja hasta el puente, en el número 11 de la avenida de las Caldas, se encuentra el restaurante Adega do Emilio. Lo anuncian en un planito que me sirve de guía y que también me aconsejó mi amigo Pepelu. En Internet ofrecía un buen aspecto.
No llega a dar al río, pero se incrusta en un solar de paz. Son varios edificios bajos y rústicos con un jardín. Pido mesa y se me concede. Después del polizón de las clases es mi momento del día. Me despojo de la corbata como signo de liberación del trabajo e inicio del ocio del fin de semana, algo mermado.
Excelente el salón, educados los camareros y buenas las viandas. Me atrevo con unos langostinos Adega, sobre setas a la plancha y salsa de nécoras. Rechupeteo las cabezas con moderación, que este es un lugar fino.
Frente a mí, un matrimonio que está de turismo y degusta un buen vino del país. Son más de carne. Como la pareja de mi izquierda y el grupo joven con un chavalín que reclama la comida con insistencia porque son más de las tres y tiene hambre. De segundo, una lubina fresca de piscifactoría, como ya me habían advertido, a la plancha. Bien hecha, aunque debía haberme decantado por algo más sabroso. Me daba miedo comer de más.
Delicioso el pan, de pueblo, denso, consistente. Es una constante en todos los establecimientos de Orense. Lo pondremos entre las atracciones turísticas.
De postre, café cortado. Como tome un chupito tengo que volver en taxi.

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