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Sicilia: Sueños de una isla invadida 8. Palermo VIII. Noches de Palermo.


En torno al Teatro Massimo se desarrollaba una animada zona de bares y restaurantes repleta de gente que paseaba atraída por la luz del ambiente de la calle.
La sorpresa fue manifiesta la primera noche ya que caminamos por via Roma, apagada y silenciosa, dejamos a la derecha el mercado de La Vucciria y antes de llegar a via Cavour nos tropezamos con esa profusión de ocio. La calle más animada era Bara all’ Olivella.
Cuando nos desviamos más allá del teatro, hacía via Volturno y via Mura San Vito, la concentración de bares decrecía y casi imperaba el silencio, por lo que regresamos donde estaba la mayor animación.
No fue fácil conseguir una mesa. Como nosotros, en busca de un lugar para cenar, estaban todos los turistas y todos hacíamos tiempo observando los puestos callejeros y sus artesanías. Al final, nos asignaron un hueco en el interior. Nadie quería moverse de las terrazas.

Otra noche, en ese mismo entorno pero un poco más alejado, nos encontramos con un lugar singular. No sabría decir si era un convento reconvertido en centro de ocio. Lo del convento era porque se estructuraba en torno a un amplio patio cuadrado al que daban varios espacios o estancias. En el patio habían instalado varias carpas con barras para copas, aunque lo más destacado era un cine de verano. En la pantalla ponían una película desconocida. Llegaba débilmente el sonido. La gente disfrutaba del cine con una copa, con un ambiente un tanto sofisticado. El personal era mayoritariamente joven, bien vestido, con ganas de disfrutar la noche palermitana. Nos dio la impresión de que los foráneos éramos escasos. Para el que decidía quedarse en Palermo había distracción.
Amparados por las estrellas, con el leve rumor del cine y la música suave, nos pusimos a charlar y ver el panorama con una copa. No hacía calor, una tregua a las temperaturas diurnas que aplanaban.
La juventud era sana, tranquila, todos hablaban con todos, nadie sacaba los pies del tiesto, no había gritos ni risotadas extravagantes. El ambiente mecía el cuerpo y la mente. Nos sentíamos muy a gusto.

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