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Sicilia: Sueños de una isla invadida 7. Palermo VII. La Vucchiria y otros mercados.


Son dignos de atención los mercados de Palermo. Quizá porque siguen siendo lugares auténticos, incrustados entre las callejuelas estrechas y retorcidas, quizá por la vitalidad personificada en los gritos y el trajín continuo.
Por via Roma, pasado Vittorio Emmanuelle, por las callecillas de la derecha, se alcanzaba el microcosmos de La Vucciria, nombre procedente del francés (bucher) que fue adaptado al siciliano. En él hacen la compra del producto fresco los lugareños y es un espectáculo admirar los alimentos.
La Vucciria era territorio dominado por la Mafia. Cuentan que cuando un cineasta quiso rodar en el barrio se le solicitó "una contribución", el pizzo. Ante la negativa, el equipo de filmación desapareció misteriosamente por la noche y no volvió a aparecer hasta que se aceptaron las condiciones de la Cosa Nostra. Eso sí, posteriormente, no hubo ninguna incidencia. Nadie se hubiera atrevido, sin duda. Eran gente de honor.

El tejido urbano mostraba los desperfectos del paso del tiempo y la ausencia de visitas por parte de los albañiles y pintores. El mejor adorno eran las ropas tendidas que mostraban quienes vivían en cada casa. Un colorido muy íntimo.
A la hora de la siesta reinaba un silencio inquebrantable. El sol no daba tregua. Pero al atardecer, se revitalizaba el barrio, volvía a salir la gente y se mantenían intensas conversaciones y discusiones de lado a lado de la vivienda o de la calle, sin importar el obstáculo de los muros.
Otra opción para la compra diaria era el mercado del Capo. Desde piazza San Domenico hacia via Maqueda, atravesabas el interior del mercado, siguiendo por Sant Agostino y la plaza Beati Paoli. Cuatro pasos más allá se alcanzaba la catedral.

Atravesamos ese entorno por la noche desde el Teatro Massimo. Observamos la retirada de los géneros, el movimiento para el cierre, gente ordenando los pequeños puestos. Los carros avanzaban con pesadumbre y los trabajadores manifestaban el cansancio de toda la jornada con un intenso calor. Daba un poco de miedo, aunque no corríamos peligro. El peligro era orientarse mal y no saber salir, aunque Carlos siempre se orientó de maravilla.
Y el último mercado que debiera conocer el viajero, el de Ballaró, estaba entre la plaza del Carmen, la iglesia del Gesú y plaza de Santa Clara, también céntrico y accesible con un pequeño desvío desde las principales atracciones de la zona.

NOTA SOBRE LA IMAGEN DE PORTADA: obtenida de Wikipedia. Dominio público.

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