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Sicilia: Sueños de una isla invadida 12. Monreale III.



La primera sensación al entrar en el templo fue de no saber hacia dónde mirar, de desconcierto, de ser abrumado por la grandeza, la altura de las naves, los mosaicos o el Cristo Pantocrátor que dominaba el ábside y que nos seguía con la mirada. Era el elemento que captaba la atención con más fuerza, como si todo estuviera orientado hacia él. Tras esa primera impresión, y acomodarse a la mezcla de luces de las ventanas, penumbra suave y brillo de los mosaicos, fuimos arrojando la mirada sobre los diversos elementos.


Esa carcasa dorada era una Biblia representada en una forma sencilla, para un pueblo simple y sin formación académica ni teológica que, sin embargo, conocía el antiguo y el Nuevo Testamento, las vidas de santos, los milagros, y las escenas sagradas. Siguiendo la iconografía de la nave central podía leer la doctrina cristiana e interpretar lo que le habían enseñado desde el púlpito. Ángeles y arcángeles revoloteaban por las paredes, los apóstoles observaban con el ceño fruncido a los visitantes, Adán y Eva abandonaban el paraíso, los animales del arca de Noé se desparramaban por todos sitios, rostros enmarcados en medallones mantenían el equilibrio en dinteles, arcos o muros. Avanzamos hacia el centro para dejarnos captar por ese ambiente general, ese clima artístico impregnado de espiritualidad. Cuando te cansabas de las escenas podías concentrarte en el hermoso suelo o en el brillante techo, que sustituyó al que pereció en un incendio en el siglo XIX.


El Cristo Pantocrátor era de clara inspiración bizantina. Debajo, la Virgen con el niño, a la que acompañaban apóstoles, profetas y otros personajes bíblicos. Cristo representaba la autoridad. Los dedos meñique y anular de la mano derecha se juntaban al pulgar para representar la Trinidad, la unión de lo divino y lo humano.


En la realización intervinieron varios talleres de artesanos bajo una dirección unitaria que supuso un estilo único inspirado en la Capilla Palatina de Palermo. Las diferencias se encontraban en la calidad. Las zonas menos visibles e importantes fueron ejecutadas por artistas menos competentes y de forma menos diligente, más rápida, sin tanto cuidado. Sin embargo, eran los mismos rostros, gestos o actitudes, paisajes o ámbitos arquitectónicos que eran vigilados por ese artista que controlaba la homogeneidad. La ejecución se prolongó durante poco tiempo, para la magnitud de los trabajos. Quizá a la muerte del rey estuviera casi terminada.


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