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Sicilia: Sueños de una isla invadida 10. Monreale I.



Nos despertamos pronto, desayunamos en compañía de otros viajeros de diversos países y el servicio silencioso y amable de las jóvenes sicilianas, y nos pusimos en movimiento.
El taxista intentó engañarnos, como consideraba que era su deber, con la picardía de no conectar el taxímetro, y pese a mi insistencia en que lo hiciera. Al alcanzar el alquiler de coches marcaba menos de la mitad del precio normal y como quiso cobrarnos el doble del legal, a lo que nos negamos, se cogió un cabreo monumental. Casi nos requisa las maletas.
Nos asignaron una furgoneta de reparto, aunque amplia y limpia. Se conducía fácilmente. Desde via Messina, más allá del Politeama Garibaldi, tomamos via della Libertà, bajamos hacia el puerto, rodeamos La Cala, pasamos por Foro Itálico y empezamos el ascenso por via Lincoln. Era martes y el tráfico era agradablemente caótico.
Nuestro primer destino de la mañana fue Monreale, en la falda del monte Caputo, a unos 300 metros sobre el nivel del mar, a 7 kilómetros de la capital, a algo más de un cuarto de hora. Allí esperaba su catedral, una de las joyas del arte árabe-normando.

Es curioso que se construyera una nueva catedral y se creara un obispado tan cerca de otro, el de Palermo. Por mis notas del viaje de 1996 recordé que el poder del obispo Gualterio Offamilio había crecido de forma preocupante, hasta el punto de eclipsar el del rey Guillermo II. Había que neutralizarlo, pero ante el pueblo había que manifestar un deseo divino. Así, se dice que el rey tuvo una visión mientras dormía en la que se le apareció la Virgen, quien le indicó el lugar donde encontraría un tesoro, que debería utilizar para construir en ese mismo emplazamiento una catedral. Esa magna iglesia se consagraría a la Virgen, como se refleja en uno de los mosaicos del interior de la misma, en que el rey entrega simbólicamente el templo construido a la Santa Madre. Esa lucha entre el rey y el obispo quedaba patente en los tronos diseñados en la cabecera. El del rey era más alto y sobre el mismo un mosaico representaba a Cristo coronando al soberano. Enfrente, el del arzobispo era más bajo. La subordinación era clara.

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