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Uvas sagradas de un río de oro 5. Castillo de Torrenovaes


Cuenta la leyenda, que la hija del Señor de Torrenovaes mantenía relaciones amorosas con un muchacho al otro lado del Sil. Es de suponer que el padre no aceptara estos amores y tuviera otros planes para su hija por ser el pretendiente plebeyo de baja condición social. Los enamorados se reunían de noche gracias a un pasadizo que unía y une el castillo con la otra orilla. Enterado el Señor, decidió emparedar a los tortolitos cuando estuvieran en su interior, tapiando los dos extremos. Singular cariño paternal. Allí quedaron encerrados para siempre. Dicen que las pepitas de oro del río Sil proceden de los dorados cabellos de la rubia muchacha. También, que en ocasiones se escuchan suspiros de enamorados que, por supuesto, son los de la pareja, que en noches de luna llena caminaría junto al río. Ellos serían los padres de las hadas del viento y de las sirenas del río.

Otra leyenda apunta a que el pasadizo también sirvió para la huida de Vasco Martínez de Pimentel, Señor de Torrenovaes, que se sublevó contra el rey. Escapó a Portugal, fue excomulgado y regresó con Fernando III. Murió en el pasadizo.
Nada sabía yo de estas leyendas cuando conducía plácidamente por un meandro del río junto a la presa hidroeléctrica de Sequeiros. Buscaba un lugar desde donde observar la contornada (y estirar las piernas) y atisbé una torre sobre un montículo. El desvío estaba unos metros más allá.
No me decepciona la vista, porque desde ella el castillo de Torrenovaes controlo una extensa zona y el antiguo Camino Real que llevaba a San Salvador de Hospital.




Leo un panel que informa de la presencia de la Orden de Malta, de los Hospitalarios de San Juan, de la fortaleza y de un palacio del siglo XIII. Desde allí se iniciaba la Ruta a Encomenda que conducía por el valle del río Quiroga hasta una iglesia prerrománica, una basílica paleocristiana y otras construcciones en un medio natural exuberante.

La primera casa, reformada, está habitada, puede que por una empresa o algún organismo, porque un logo lo atestigua. El resto del pueblo a los pies del castillo está abandonado. Nuevamente, carteles de en venta.
Quizá antes hubo un emplazamiento suevo o un castro. Lo que ahora contemplo son los restos interesantes, aunque alejados de lo que tuvo un gran esplendor. Si fueron los Irmandiñas, los Reyes Católicos, las tropas napoleónicas o la general barbarie quienes lo destruyeron es un misterio. Me introduzco entre los muros y su foso, alcanzo un excelente mirador y retengo todo lo que puedo del paisaje. Magnífico.


El Concello do Quiroga aún esconde otros tesoros, como sus explotaciones auríferas de época romana que llevó a éstos a desviar el río Sil con el túnel de Montefurado, una obra de ingeniería impensable para su época, con 20 metros de alto y de ancho y 400 metros (en otra fuente se reduce a 120) de largo. Pero, ya lo decía el Crismón de Quiroga: "el oro es cosa ruin para ti; pasen las joyas de plata, vale más lo que brillas con tu felicidad". Así que continuo en busca de esa felicidad que vale más que todo el oro del mundo, o del Sil.
Algún otro tesoro se anuncia por los carteles de la carretera: la almazara de Bendilló, el propio San Martiño o San Claudio. Mis notas sobre un monasterio en la zona estaban equivocadas. Por aquí deben estar unas herrerías antiguas.

Cambio la compañía del Sil por el río Lor. La carretera es apacible, me sumerjo en los bosques y las curvas. Reaparece la niebla.


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