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Ceuta: cuatro mundos por descubrir 8 (2004)



El neón encendido de la fachada del Mercado de Abastos que da a la Plaza de la Constitución lo expresa claramente: Feliz Ramadán.

El Ramadán tiene algo de Cuaresma, de meditación, de sacrificio por el ayuno obligatorio, de sala de espera para un acontecimiento. Los fieles limitan su actividad al mínimo mientras el sol reina sobre la tierra. Con su viaje hacia un nuevo día por los campos de la oscuridad se alza el veto al movimiento, se come, se invade la calle. Sin embargo, la impresión que tengo es la inversa: fluye la gente por las calles en la mañana y se recogen para el contacto con Dios a través de la oración en el ocaso, tempranero en esta época del año. Hay una contradicción cuya causa desconozco. Puede que el sincretismo haya provocado que se inviertan los hábitos en este pedazo peculiar de España y África.

Los bares y los restaurantes están a medio gas. El Parque Marítimo duerme con las puertas de sus locales cerradas. En los cafetines se reúnen los cofrades y por la calle pasean chilavas y pañuelos que ocultan el pelo. Cumplen con la vestimenta tradicional, pero están violando la tradición religiosa.

Ceuta es una ciudad atractiva en traje de noche. La soledad se compensa con una iluminación suave y acariciante. La iluminación es el maquillaje de las pequeñas irregularidades de las fachadas o el potenciador de sus virtudes.

La ciudad goza de buena salud cultural. Teatro, música, conferencias, deportes y continuas actividades ofrecen distracción a los ciudadanos. Hasta un pequeño festival de jazz. Aunque la ciudad duerma en este mes de noviembre no es así durante las fiestas de Carnavales, Semana Santa, San Antonio o las Patronales. Porque si no hay distracción la juventud tendrá que marcharse.

Tengo la mala suerte de encontrar la mayoría de los sitios cerrados. Me limito a caminar por las calles silenciosas y tenuemente iluminadas.


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