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Ceuta: cuatro mundos por descubrir 6 (2004)


El eje principal de Ceuta es Revellín-Camoens-Calle Real. Realmente es la misma calle que cada vez que se quiebra cambia de nombre. Los principales negocios, comercios y oficinas están en esta arteria o a dos pasos en uno de los callejones, calles o recodos que ascienden hacia la derecha o que se precipitan hacia el mar por la izquierda. Divide la parte alta y la parte baja.

Empieza en el Edificio Trujillo. El Trujillo es una construcción señorial, con empaque. Se asoma a la Plaza de la Constitución con sus dos torretas, su aspecto limpio, su tradición andaluza, la solera de casi un siglo de existencia.

El trasiego de gente es continuo. No parece influir mucho el Ramadán. Se observan muchas chilavas.

Esta arteria conducirá mis pasos hacia los negocios de los alumnos. La patearé a conciencia, varias veces.

Al turista se le reconoce por mirar hacia arriba y a los lados, escasamente al frente. Ese será mi sino durante los cuatro días. Claro, que con chaqueta y corbata y la cartera en ristre debo dar una imagen peculiar, de inspector despistado.

La primera visita es en la Calle Mina. Donde Camoens se transforma en Calle Real, un poco más allá, por Trujillo, bajo a mano izquierda. Las construcciones no tienen ningún interés, con lo que no aconsejo esta variante.

De regreso me asomo a las tiendas. Abundan las perfumerías y las tiendas de electrónica. Sin embargo, me costó encontrar dónde comprar un desodorante normal, un cepillo de dientes, pasta dentífrica, de afeitar y maquinillas. Traje el neceser, pero no lo llené. También he olvidado los gemelos. Un desastre. Aconsejaré a mis alumnos una droguería como nuevo negocio.

Ceuta es una ciudad dinámica, cambiante, evolutiva. Comparo las imágenes de la guía que he comprado -la de Everest de 1990, casi nada- y compruebo que ha seguido una evolución similar a la de otras ciudades españolas: peatonalización, espacios abiertos que entierran el horror vacui, minimalismo en la decoración.

La cuesta es constante. Asciende el Revellín, la zona peatonal, las tiendas, el tráfico. Una peregrinación agradable en cualquier momento del día y de la noche. Cuando llega, unos pequeños arcos en el suelo proyectan una luz tímida y seductora sobre el suelo.

La peregrinación se hace algo más incómoda en la confluencia con Padilla y Méndez: vuelve el tráfico. Cerca, el pequeño recodo que recuerda a un héroe, el Teniente Ruiz. Y el recuerdo de los vecinos al otro lado del Estrecho, la Tertulia Flamenca. El edifico es vistoso. Dos medallones con rostros adornados de flores con toque modernista presiden la puerta y la ventana. Sobre aquella, una antena parabólica. Una selva de cables atraviesa en horizontal la fachada. Junto a la ventana, cubierta con una reja sencilla y las hojas de una planta, un descomunal aparato de aire acondicionado. Dos farolitos negros se comportan seriamente en la pared.

Me acerco a la peculiar entrada. Una de las dos hojas está siempre abierta. Como soy curioso caigo en la tentación de asomarme. Los muros están cubiertos de fotos en blanco y negro con los otros héroes, los del cante.

Un poco más abajo, en el Restaurante Dakota, saboreé un buen salpicón y un pescado local exquisito. Otro refugio culinario lo encontré en la calle Antíoco, a cuatro pasos en dirección al mar: El Pescaíto Frito. También pescado y marisco. Dos sabios consejos del personal de la Confederación.

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