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Cabo de Gata: desierto y mar 8. San José.


De camino a San José paré en el Pozo de los Frailes, otra referencia que llevaba consignada. Su noria árabe era una de las mejor conservadas del sistema primitivo de extracción del agua subterránea para el abastecimiento de la población y los campos. Allí estaban las dos grandes ruedas dentadas que movía un mulo o un borrico. Era una pieza etnográfica de un gran valor y por ello me detuve a observarla con detenimiento e interés.

Hacia el mar, no tardé en llegar a San José y a mi hotel, La posada de Paco. Era nuevo, atractivo y céntrico. Cada habitación había sido bautizada con el nombre de un pueblo de Almería. Me correspondió la denominada Tahal, cerca de Serón y Tíjola, curiosidades del destino, ya que eran pueblos del valle del Almanzora que había visitado días antes.

Después de instalarme -dejé la maleta y la mochila, me lavé las manos y la cara en pocos minutos- bajé a la recepción y la señora que me había atendido me premió con un plano y unas valiosas indicaciones. Buscaba un lugar para contemplar el atardecer, avanzado, pero aun resistente en el cielo. Me hubiera gustado vivirlo en la playa de Mónsul, aunque luego me daría cuenta de mi error ya que la playa más cercana era la de los Genoveses. En teoría era media hora caminando.

Tomé la calle principal que iba recta hacia el mar. La playa quedaba a la izquierda y, girando a la derecha y remontando, una pequeña cuesta atravesaba una zona del pueblo, mucho más amplio de lo que me imaginaba. Era un destino turístico consolidado y, sin duda, el pueblo más grande de la zona. Las casas eran bastante buenas. Me gustaron. La mayoría estaban cerradas. No era la mejor época del año. Algunos bares de copas lanzaban su luz y su música sobre las calles desiertas.

Pasé ante el hotel Doña Pakita, el más emblemático. Celebraban un evento y estaba muy animado. Se abrían pequeñas calas en las inmediaciones. Las edificaciones estaban sobre las rocas y me pregunté cómo habían dado licencias para construir en lugares que incumplían claramente la Ley de Costas. Recordé el sangrante caso del Algarrobico, una playa invadida por un enorme hotel que llevaba paralizado tres décadas por los pleitos y las órdenes de demolición sin ejecutar.

Salté el vistoso edificio de la Guardia Civil, prolongué mis pasos y me fui asomando por los huecos que dejaban los edificios y las casas. El sol se posaba sobre el cabo del extremo contrario. Junto al puerto, brillaban los terrenos blancos.
En el mirador contemplé las últimas evoluciones del sol envuelto en las nubes. Más allá estaba los Genoveses. Para ese momento me dolían los pies y estaba cansado. Necesitaba una parada. La hice en Doña Pakita, pero tras una espera en que ordené mis notas me marché. En la puerta me preguntaron si quería tomar algo. Llegaban tarde. Me refugié en el hotel para una siesta tardía.

La mayoría de los lugares estaban cerrados, como comprobé cuando salí a las ocho de la tarde, noche cerrada. Tiendas, hoteles y restaurantes hibernaban a la espera de meses más propicios para el turismo. Poca gente implicaba poco negocio. Mejor entregarse al descanso.
Los que nos habíamos aventurado hasta San José nos reunimos en El pescador, cerca de la playa. Era un restaurante sin grandes pretensiones y con un excelente pescado. Me senté tras caminar hasta el puerto deportivo por el paseo marítimo. El viento era penetrante y fue un acierto tomar mi prenda de abrigo, que llevaba guardada en el coche todo el día.

Pedí una ensalada y una parrillada. Para mi sorpresa, la ensalada la sirvieron en un plato hondo enorme repleto de tomates, lechuga, palmitos, atún y otros ingredientes que formaban una montañeta vegetal. Podrían haber comido dos personas. La parrillada, de pescados locales, era deliciosa. Me entretuve quitando espinas y extrayendo mollas suculentas. Todos estos pueblos ofrecían un pescado fresco excelente, otro atractivo más.
Frente a mí, cuatro pescadores conversaban sobre las cuestiones de su oficio, de los adelantos técnicos y de cuestiones políticas. Se pegaron una cena descomunal. Cuando me senté ya llevaban algo consumido y cuando me marché aún estaban comiendo.

A mi espalda, una pareja de franceses mayores y educados. Un poco más allá, los únicos jóvenes del local. Otro grupo de seis, sin duda jubilados por el contenido de sus palabras, hablaba altísimo. De fondo, un partido de fútbol al que nadie hacía caso. Casi nadie pasaba por la calle, tenuemente iluminada. Poco después nos recogimos todos.

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