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Cabo de Gata: desierto y mar 10. La playa de Mónsul.


Una senda de tierra me condujo a la playa de Mónsul, la otra gran atracción del día. Había algo más de gente, aunque sin apreturas.
Una inmensa duna había topado con uno de los conos volcánicos que daban al mar. Hacia allí se dirigía un numeroso grupo. Subir a una altura, a uno de los cabos, garantizaba buenas perspectivas sobre el paisaje. Un consejo para quien acuda en el futuro.

Varias rocas simulaban olas de hormigón congeladas en el momento de romper. Lo del hormigón era porque parecía una masa de cemento vasto al que hubieran echado gruesas piedras para armarlo. Era una colada volcánica. La que partía la playa en dos, exenta, con la boca abierta como si bostezara o tuviera hambre, dividía la imagen del mar resplandeciente. Si me hubieran dicho que era un meteorito caído del cielo me lo hubiera creído. Exhalaba algo misterioso. Quizá por ello fue elegida por George Lucas y Steven Spielberg para la escena en que Sean Connery y Harrison Ford se enfrentan a un avión alemán y al doctor Jones se le ocurre asustar a las palomas de la playa con su paraguas para que alcen el vuelo y se estrellen contra la aeronave.
Mónsul no era tan amplia como la de los Genoveses, aunque gozaba de una gran personalidad. Tanta, que varias parejas de recién casados o parejas vestidas para una boda pululaban por la arena para un reportaje fotográfico. Me pareció un poco extravagante y un tanto cómico cuando observé que una de esas parejas se encaramaba con dificultad hasta lo alto de la roca. Pensé que el vestido blanco de la chica quedaría hecho jirones. ¡Ah, el amor!


En otra parte, un grupo preparaba el equipo para practicar kitesurf. Una familia disfrutaba del aire y del sol apiñada y abrigada con sus sudaderas. El viento no daba tregua. Al cabo de un rato te abstraías y no resultaba molesto.




Me fui hacia la derecha. Las rocas eran amenazantes. Separadas, se desplegaban varios cabos que incrementaban progresivamente su avance hacia el mar hasta el cabo de Gata y el faro. Allí estaba el mar de Alborán y su rica reserva de posidonia que garantizaba una abundante colonia de peces y uno de los lugares más privilegiados para bucear.
Me dio pena marcharme.



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