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Lugo de otoño interior y costa 6. Olas del mar bravío: la playa de la Catedrales II


Desciendo por unas escaleras de madera. La arena está compacta y no me hundo, como temía.
Rosalía de Castro simbolizó en algunos de sus poemas a la muerte como el mar. No hay un alma en el mar. Si alguien se aventurara lo devoraría la muerte. En ese momento la muerte se mueve con las olas, amenaza, marca sus dominios. Un chiquillo juega entusiasmado ajeno a estos peligros.



Quizá porque el día anterior he presentado mi libro de Australia, los islotes me recuerdan a los Twelve Apostles, de Great Ocean Road, en el estado de Victoria. Es un paisaje marítimo similar, agreste, duro, impactante, que conjuga la belleza con el miedo. Le planteo a Sonia, nuestra vicepresidenta en Galicia, que habría que proponer el hermanamiento.


Se respira una rara, insólita armonía. La presencia humana no es agobiante, aunque en algunos lugares se echa de menos algo de respeto, menos cámaras y gente posando que se apalanca y monopoliza los lugares más emblemáticos.
A la izquierda, una mayor acumulación de casas, un pueblo o una urbanización. Casas bajas, que no restan protagonismo al paisaje y que se integran bien.



Me acerco a contemplar los estratos de las rocas, como lajas de pizarra. Lo comparo con el veteado del cielo, que parece que se fuera a resquebrajar y caer sobre los visitantes. El cielo juega con picardía, se asoma, se oculta, calienta, traza sombras, las elimina con la misma rapidez que el mar las pisadas.


Dejo que el sonido del mar me arrulle mientras camino. Las olas causan un efecto hipnótico en su repetición. El viento rasga el silencio. Lo prefiero a las voces de la gente.
Las olas han dejado pequeños charcos. Busco que reflejen las formaciones. Casi les ordeno que deformen los perfiles y los recreen en el suelo. Algunos han tomado posesión lejos, casi en el talud. Dentro de unas horas habrán perdido su protagonismo devorados por las mareas.


Los arcos tienen un éxito inusitado entre los visitantes. El más afortunado es uno que formó un puente que se adentra en el mar y refleja una etapa de la erosión. Algunos se aventuran a subir a lo alto y me imagino que se quebrara el puente y se quedaran aislados. Lo digo porque en otros lugares ha ocurrido y al aventurero ha habido que sacarlo en helicóptero. Dios no lo quiera.


Se abren otras ventanas en la roca. A través de ellas el mar se violenta, celoso de su intimidad.
En el extremo, los arbotantes que han inspirado la denominación de la playa. Es como si la roca necesitara de una muleta para no caerse. Se alinean tres para ese falso sostén de la nave del acantilado.


Mientras regreso observo una escena peculiar: unos recién casados han elegido la playa para sus fotos. Ella, voluminosa, arrastra la cola de su blanco vestido que se empapa de forma ostensible. El se ha subido las perneras del pantalón pero de poco le sirve ante la decisión de su pareja. Todos nos quedamos un poco alucinados.

Suena una gaita. El músico va vestido de forma tradicional. Y me recuerda una canción de Los Limones, Ferrol, que es casi un himno:
Sé que aquí nací
y aquí quiero quedarme
aquí está mi hogar
donde se acaba el mar.


Me adentro hacia la izquierda, menos transitada. Las formaciones son caprichosas, pero menos espectaculares, y quizá por ello tienen otro encanto. Alguna parece un tótem de rostro enigmático. Las rocas han desplazado casi a la arena.



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