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Lugo de otoño interior y costa 5. Olas del mar bravío: playa de las Catedrales I.



Dejo vagar mis pensamientos mientras conduzco y recuerdo unos versos de Rosalía de Castro:

Como las nubes
que impele el viento
y ahora asombran, y ahora alegran
los espacios inmensos del cielo.


Quizá estaba ante un cielo similar al que sirve el horizonte algo apagado por las nubes densas y grises. Asombran más que alegran y corrigen el azul del cielo cuando el viento las agrupa y compacta.
Mi buen amigo Miguel me había dejado un tanto preocupado: había que pedir un permiso para visitar la playa de las Catedrales. En mayo, mi hermana y mi cuñado se habían encontrado una marabunta de visitantes y antes de que la playa muera de éxito las autoridades han tomado medidas y restricciones. Pero el otoño es diferente y la afluencia no es masiva. Eso sí, descartada la soledad. La atracción gravitatoria de la luna parece ser la culpable, tanto de las mareas como de los curiosos por comprobar sus efectos. Por cierto, Amparo, mi hermana, aconseja visitar la playa también en la pleamar, aunque desaparezcan parte de los efectos mágicos cuando las aguas se retiran.


En los foros comentaban que el momento ideal para la visita oscilaba entre dos horas antes y dos después de la bajamar. Alcanzo la playa con tiempo suficiente, o eso pienso. El momento de mayor retirada es a las 16,36. Se me ha adelantado mucha gente, aunque darán ambiente.

El monte, el bosque, el prado, las vacas y la playa: esta es la secuencia. El monte y los fornidos bosques me depositan en la playa que goza de un verdor cercano y permanente. Las vacas ignoran a tanto pirado por unas rocas. Quizá sean las más inteligentes.
Lo primero que detectan mis ojos es el mar bravío, que ha copiado el gris del cielo en su superficie. Después, como si alguien hubiera dejado precipitadamente unos islotes, unas rocas, en medio de la playa, abandonadas a su suerte, como una carga demasiado pesada sin ser consciente de que queda a expensas de los caprichos del mar, un mar con mala leche que está tomando fuerzas para un nuevo ataque a los acantilados.



Desde lo alto, la arena se convierte en elemento de transición entre los paredones de la tierra y la fuerza del mar, monótona, disciplinada y constante, ideal para la conquista y la destrucción:

Con su sorda y constante melodía
me atraen las olas de esa mar bravía,
como de las sirenas el cantar.
“En esta cama misteriosa y fría
-dice-ven blandamente a descansar”.



Esa fuerza destructiva, esa mar bravía de Rosalía, hizo mella constante en una línea de costa. Las zonas de roca más débil fueron cediendo, se abrieron brechas hacia la tierra. La erosión trazó ensenadas. El espigón que separaba dos enseñadas se fue desgastando, cedió al roce permanente, a la abrasión, a los obreros geológicos. Limaron hacia el interior, sus costados cedieron y se formaron cuevas, y esas cuevas formaron arcos marinos. Y de ahí, las formas prodigiosas, los arbotantes de catedral gótica, las estructuras inverosímiles.

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