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Kirguistán 34. El lago Son-Kul. Petroglifos y rebaños II.



El camino fue sencillo. El terreno ascendía con bastante moderación al principio y un poco más en cuesta tras la carretera de tierra y el inicio de la ladera. Contemplamos mariposas y edelweis. Cada vez que te girabas hacia el lago se desplegaba un paisaje idílico, panteísta, como si fuera el resultado de un soplo de Dios. Ahora comprendía que las gentes locales lo consideraran sagrado, que fuera lugar de reunión de las tribus y hubiera restos arqueológicos. En ocasiones, acudían para sus ritos religiosos o para presentar sus respetos a los espíritus locales. Había túmulos funerarios y varios monumentos en piedra, si bien nosotros no llegamos a verlos.


Unas peñas que coronaban la colina acogían los petroglifos. Tras una caminata de una hora las alcanzamos. El espectáculo era soberbio. Era un panorama de amplitud, de libertad, de naturaleza en estado puro. El campamento se redujo a unos puntitos blancos. Los rebaños se movían de forma apenas perceptible.


Los petroglifos eran sencillos. Se repetía la representación de la cabra montesa sobre la pátina oscura o de colores de las piedras. También había otras figuras formando grupos y con significados diversos. En la otra vertiente pastaba un rebaño de ovejas, a un lado, y al otro, uno de hermosos caballos. Buscamos un lugar donde descansar y contemplar el paisaje. Tuve la impresión de que nos daba permiso para gozarlo. Anteriores visitantes habían formado pequeñas montañas con piedras. Me recordó la costumbre ancestral de dejar una piedra como tributo al pasar o contemplar un lugar.


Saqué mi libreta y tracé unas breves notas. Se me ocurrió que sería interesante que cada uno de nosotros dejara constancia de algún pensamiento o sentimiento. Para mí era la cercanía de la divinidad, sin intermediarios, sencilla, sin doctrinas ni liturgias. Para una de mis compañeras era un privilegio poder sentir la belleza del lugar. Al empaparse de ella, el recuerdo sería más duradero. Las fotos ayudarían, pero era la piel la que retenía ese momento y lo volvía indeleble. La posibilidad de que algún día se ausentara de nuestra memoria era una de las grandes preocupaciones. Ahora sí que culminaba el viaje, al alcanzar el más alto grado de satisfacción. “El sol, el aire, la luz-resumía otra de mis compañeras –se han encargado de proporcionar momentos de paz y felicidad en este lugar y con buenas amistades”.

Con pena, iniciamos el descenso y lo prolongamos hasta la orilla. No me importó repetir la experiencia. Las cordilleras de Song Koi Too, Borbor Alabas y Moldo Too volvían a crecer ante nuestros ojos.


“Nuestra naturaleza reside en el movimiento; la calma completa es la muerte” –escribió Pascal en sus Pensamientos. Sin embargo, necesitaba esa completa calma para disfrutar de la visión del lago en primera fila, como en primera línea de costa. Nos acompañaba la serenidad y el sonido del oleaje templado. Era el descanso bien ganado por los viajeros intrépidos.

Las aguas brillaban con el sol del atardecer. Una leve oscuridad abrigaba el terreno.



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