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Kirguistán 35. La cena y la noche.



La cena del último día de recorrido ofreció un atractivo etílico: cerveza y vodka. Edil nos había animado a romper nuestra abstinencia y en Kochkor realizamos una pequeña compra de estas bebidas. A ninguno nos gustaba el vodka, pero el viajero tiene que ser flexible y probarlo todo. Las cervezas cayeron durante la cena y a los postres sacaron la botella que había comprado para invitar al grupo. Cayó la primera ronda, empezamos a contar chistes y anécdotas.

Interrumpimos la cena antes de los postres para contemplar el atardecer. Un poeta romántico lo hubiera calificado de sublime, término que horrorizaba al escritor Javier Reverte. El sol se ocultaba en una maniobra lenta por la izquierda del lago y derramaba unos tonos rojizos. Nuestras sombras se alargaban sobre el terreno. Todos los elementos del paisaje cambiaban de colores.


Nuevamente en el interior del comedor, me puse un ropón de terciopelo con el que parecía uno de los narradores del Manás y el gorro de fieltro tradicional del país, cortesía de la agencia. A las mujeres les regalaron un pañuelo. Nos reímos mucho, que es lo importante.

Como otras noches, salimos al campo para ver las estrellas. Aún no había cesado la luz del campamento, pero esa contaminación lumínica era escasa. Miramos al cielo, situamos el Carro, la Estrella Polar y la Vía Láctea. Para Edil era una experiencia nueva. En estos detalles, en esta ilusión, se notaba su juventud y sus ansias de vivir. Es estupendo que alguien disfrute con su trabajo, y él disfrutó en este viaje. Hasta que no llegaron las Chicas Encarta no fuimos capaces de identificar ninguna constelación más. El objetivo, como en otras ocasiones, era contemplar estrellas fugaces. Y, como en anteriores ocasiones, nada como despistarse para que el resto gritara que acababa de pasar una, montando un revuelo divertido y con mosqueo de quien se la había perdido.


Hacía frío y tras un rato el cuello se me resintió. Nos fuimos recogiendo ordenadamente.
Pasados unos minutos empecé a escuchar las voces de nuestros vecinos. Eran unos ciclistas catalanes que hablaban muy alto. Se pegaban unas risotadas que no dejaban pegar ojo. Excepto ese sonido, una vez que cortaron el generador de electricidad a las 11 de la noche, el silencio era absoluto.
A pesar de que no ligaba el sueño, di un rato a los ciclistas. Cuando parecía que ya se iban a dormir volví a desconcentrarme con las voces y las risas. Al final, se me inflaron las narices, saqué la linterna frontal, me puse el chubasquero, Edil me recordó que debía ponerme los pantalones, no le hice caso, y en calzoncillos, di un par de toques en el cristal de la puerta de la yurta contigua en que tenían el cónclave. Les pedí que hablaran más bajo porque queríamos dormir y en cinco minutos regresó el silencio. Les agradezco la buena educación que mostraron. A la mañana siguiente me miraron con una mezcla entre respeto y rencor.

Sobre las cuatro de la mañana noté que algo caminaba por encima de la manta. Notaba también que algo rascaba sobre las piedras que rodeaban la yurta. Me autosugestioné para pensar que era el juguetón gatito blanco despistado que habíamos observado por la tarde. Sin embargo, era evidente que eran ratones. En las tiendas donde encontraban algo de comida se quedaban más tiempo. Lo comentamos al día siguiente con cierto asco. Salí al exterior, hice un pis y me volví a arrebujar entre las mantas. Edil dormía como un bendito.

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