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Kirguistán 36. Amanecer, los Treinta y Tres Papagayos y la cascada.



A las 5,45 sonó el móvil. No quería perderme el amanecer, el último que podría disfrutar en el viaje. Se hizo esperar, aunque ya se notaba un primer resplandor que dejaba una fina cinta amarilla sobre el perfil de las montañas del este, las que estaban a nuestra derecha. Compartí ese momento con Luisa y Jordi. El frío era tremendo y se colaba hasta los huesos. No volví a entrar en calor hasta el desayuno.


El sol fue dando pinceladas sobre las cimas. Se fue extendiendo y cambiando las señas cromáticas: un toque añil, otro violeta, una banda anaranjada, la hierba rala que perdía su ocre claro. Las boñigas de los animales estaban escarchadas. La pradera parecía vacía.
Y, de pronto, un fogonazo. El sol irrumpió con fuerza y con prisa y nos cegó en instantes. Trepó con ansia. Las sombras se prolongaban hasta muy lejos. Eran parte de nosotros.

Regresé a la cama, intenté dormir y entrar en calor, pero no lo conseguí. A las 7,10 sonó el despertador de Edil. Aún remoloneé un ratito. Minutos después el campamento volvía a la actividad.
El día era claro, el sol picaba y no había una sola nube. Por eso pudimos tomar el camino hacia el paso de los Treinta y Tres Papagayos. El nombre era extraño ya que, lógicamente, no había papagayos en la zona. El número treinta y tres hacía referencia al número de curvas de la pista de tierra del paso, con unas cicatrices en el terreno que hacían peligrar la estabilidad del vehículo.

Hasta el paso nos fuimos entreteniendo observando las formaciones de rocas y los cernícalos. También, a las marmotas, culpables de los agujeros en el suelo. Al principio creí que pudieran ser topos. No nos cansábamos que admirar el paisaje.
Desde lo alto del paso la panorámica era impresionante. Se hundía profundamente y quedaba marcada por las curvas, algunas absolutamente cerradas. Me recordaba el paso de San Bernardo, en Suiza. Aquí, al menos, no había niebla. Si el día hubiera sido de lluvia hubiéramos tenido que regresar por el camino que rodeaba el lago, y que recorrimos el día anterior.


Desde este lugar se abarcaba hasta un extremo del lago, un barranco profundo y ese salvaje hundimiento de la tierra que era el paso. Por supuesto, aprovechamos para hacernos fotos con un contraluz que me gustó, buscando hacia dónde iba el río que desaguaba hacia el frente.
La hermosura iba paralela al peligro. Cuando iniciamos el descenso, el vehículo se balanceaba continuamente, el borde de la pista se despeñaba y todos mantuvimos un discreto silencio y una concentración cómplice. Había que disfrutar del momento. Regresaron los bosques. En esta vertiente el paisaje había cambiado.

Al llegar abajo, Edil propuso una pequeña caminata hasta una cascada. Era un sendero estrecho repleto de vegetación y flores de colores. Si todas las plantas hubieran tenido espinas, nos hubiéramos destrozado la ropa y la piel, tan tupidos estaban los matorrales. Paramos y nos quitamos la ropa de abrigo. En esa zona hacía bastante calor.


El río bajaba potente, alegre, juvenil, llenando el ambiente de un sonido cantarín. El desfiladero se fue estrechando hasta que terminó en un talud rocoso por el que se precipitaba la cascada más caudalosa del viaje. No era muy alta, pero arrojaba agua con despilfarro, una exhibición de potencia que nos dejó impresionados.

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