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Cabo de Gata: desierto y mar 2. Las Negras.



Las Negras estaba situada entre dos poderosas montañas que se adentraban en el mar formando dos cabos y una pequeña serie de calas. Era la tónica habitual de la costa. Aquellos acantilados imponían respeto. Eran de roca desnuda, lava negra y multitud de cavidades.

El mar presentaba un aspecto tranquilo, rayado o veteado, de un azul muy atractivo, algo oscuro sin ser hosco. Para los que somos de interior, el mar es siempre un regalo que asocio con vacaciones, con ocio, con escapadas, con una parte de mi felicidad no tan cotidiana. Deseamos lo que es ajeno a nuestra vida inmediata.

Aparqué sin problemas en el propio pueblo, que languidecía en aquella época del año, aunque atrajera aún a algunos visitantes. Dos mujeres tomaban el sol sobre la arena. Una barca de pesca atravesaba las aguas sin que se percibiera el ruido del motor. La mayoría de las barcas estaban en la playa, varadas. Algunas, boca abajo.

Varios de los restaurantes que daban al mar estaban abiertos. Algunas personas, bien abrigadas, desayunaban o tomaban un café mirando el paisaje marítimo, disfrutando del sol, dejándose acariciar por el rumor del mar y pasando la vista por los cabos. Imperaba el silencio. Una mosca cojonera no me daba tregua cada vez que me paraba.
Imaginé aquel lugar en verano. Me habían comentado que se llenaba de gente, dentro de sus posibilidades, nada que ver con Levante. Aquí ningún edificio agredía el paisaje y se conformaban con una altura prudente.

La gente era bastante alternativa, un tanto hippie, menos convencional de lo que era habitual en el Mediterráneo. Sin duda, buscaban paz, buena temperatura, el potente reflejo del sol sobre el mar que no podrían disfrutar en sus lugares de origen. La prisa era un concepto inasumible. Se caminaba sin un destino claro.
Caminé hacia los dos lados de la playa. En el paseo marítimo las palmeras habían bombardeado con dátiles el suelo. De los restaurantes empezaba a salir un olor sabroso. Sin duda, el pescado sería delicioso. Me hubiera gustado bucear en aquellas aguas.

Las gaviotas se posaban sobre el mar sin alboroto, como si quisieran pasar la mañana sin sus habituales griteríos. El dueño de un bar se aburría de lo lindo y me observaba mientras escribía. Amagó un par de veces con desplegar las sillas blancas de la terraza, aunque se dio cuenta de que no tenía sentido. Charló con el primero que pasó y casi se acercó a pegar la hebra con tres solitarios visitantes que venían de dar un paseo por la playa. De fondo, se escuchaba una tenue música y alguna conversación perdida en inglés.

Tomé el coche y me fui en dirección al camping. Estaba instalado en una vaguada o una rambla que concluía en una cala. El cabo parecía la cabeza de un pato que apoyaba el largo pico sobre el mar.

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