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Kirguistán 13. Montañas Sombrías, montañas Soleadas.



La carretera hacia el lago estaba enmarcada por las montañas peladas y un río de caudal potente que trazaba vistosos meandros. Atravesamos un paisaje estepario, de escasos árboles. Poco a poco se fue cerrando al acercarse las montañas hacia el asfalto formando un desfiladero. Las vías del tren acompañaban nuestro avance.

Regresaron las curvas provocadas por un valle estrecho tallado por el río. Habíamos contemplado los efectos de la erosión sobre el perfil de las montañas. El agua había acanalado su rostro y había dibujado una especie de tubos de órgano. Me pregunté por qué sólo se habían formado en secciones concretas. Las copas redondeadas de los árboles, como pelucas verdes, marcaban el lugar por donde se deslizaba el río.


Después de algo más de una hora de trayecto paramos para comer.
En la garganta de Boom, al norte de Tian Shan, nacía el río Chuy, que terminaba su trayecto en los desiertos de Kazajastán, en dirección norte. El río nos había amenizado el camino con sus requiebros. La garganta marcaba el límite de las regiones de Chuy y de Issyk-Kul.


Quizá el elemento geológico más importante eran los depósitos lacustres. El efecto en el paisaje era extraño ya que, de pronto, la parte superior de algunas colinas o montañas era de un pasmoso color casi blanco, en contraste con el gris o pardo general. Algunas franjas rojas le daban un mayor misterio. Las chicas Encarta, cómo no, me sacaron de la ignorancia: eran el resultado de un lago extinguido. Era una zona de vientos severos y, por lo que nos comentó Edil, allí no nevaba en invierno.

Lo pudimos apreciar mejor al parar ante unas yurtas blancas donde vendían pescado ahumado y diversas frutas. Había también un depósito de agua forrado en tela plateada y una antena parabólica que dudé que funcionara. Era lo más parecido a una primitiva estación de servicio sin gasolinera.


Edil nos animó a cruzar la carretera, las vías del tren y a acercarnos al río para ver algunos arbustos de preciados frutos, como la espinosa amarilla, con la que fabricaban mermeladas. Un poco más allá discurría el río con amplitud y alegría. Sobre él habían trazado un puente colgante que vibraba con cada una de nuestras pisadas y amenazaba con soltar lastre y mandarnos al torrente. Aguas abajo, un grupo de lugareños aprovechaban un recodo para refrescarse. El recodo evitaba la corriente más fuerte y les protegía.


Retomamos la marcha entre las montañas Sombrías, a la derecha, y las montañas Soleadas, a la izquierda. Su nombre derivaba del momento del día en que les daba el sol, que no se distribuía de forma equitativa. No tardamos en ver el lago Issyk-Kul en el horizonte.

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