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Kirguistán 14. El lago Issyk-Kul, lugar de vacaciones.



Balykchy ocupa el extremo occidental del lago. Su nombre se traduciría como “pescador”, que había mantenido desde la independencia, tras varios cambios de denominación, como Ketmaldy (nombre del río cercano), Rybachye (lugar de pesca en ruso) o Issyk-Kul, como el lago. Fue fundado por un soldado retirado, M.I. Bachin, que montó una granja y una oficina postal, por lo que leí en Wikipedia.

El pueblo de pescadores parecía haberse decantado por el turismo. La belleza del lugar lo merecía. Atrás quedaron los tiempos en que tuvo industria, que desapareció por la caída de la Unión Soviética. Estaba en el trazado de la Ruta de la Seda, entre Bishkek y China. En verano gozaba de buena temperatura al estar a 1900 metros sobre el nivel del mar. Su población superaba los 40.000 habitantes.

El lago Issyk-Kul era el segundo mayor lago salado del mundo. De este a oeste medía 183 kilómetros, por 58 kilómetros de norte a sur. Su profundidad máxima alcanzaba los 702 metros. Era un lago salado. Esa era la razón por la que no se congelaba en invierno.
Desperté justo antes de desviarnos hacia nuestro hotel, el Royal Beach, sugerente nombre para nuestro alojamiento. Estaba un tanto avejentado y se respiraba en él un ambiente de hace dos décadas. La habitación era amplia. Se encontraba en una urbanización repleta de chalets con jardín. Evidentemente, el lago era un destino popular para las vacaciones.


Desde lejos lucía un color azul que Mar calificó como como caribeño, intenso, con una banda más clara junto a la orilla. El lago no estaba contaminado, lo cual nos tranquilizó, aunque se estaba reduciendo de tamaño y crecía su salinidad. El fantasma del mar de Aral pasó por mi mente. Quizá el lago comunicaba en el pasado con esos parajes por los que habíamos pasado y que geológicamente mostraban un lago en extinción.
Las montañas nevadas marcaban el horizonte aunque las brumas impedían un perfil de las cimas más evidente. El calor las provocaba en esos días y por ello evitaba el placer de contemplarlas más firmemente dibujadas.

Tras un breve descanso me animé a bajar a la playa, que estaba bastante concurrida. Quise dar un paseo bordeando el lago pero hacia la izquierda el camino estaba cortado. Esa zona no estaba urbanizada. Las montañas eran pardas, hoscas, sin vegetación, aunque daban un hermoso contraste con las aguas.

La arena de la playa no era demasiado fina. Me pregunté si la habían traído de otro lugar para recubrir las piedras y hacer más agradable el caminar. Pero niños y grandes no paraban en esos detalles y chapoteaban con alegría, las mujeres tomaban el sol en bikini o charlaba con las amigas. El ambiente era familiar. Habían instalado unos toldos para que las pieles blancas de estas gentes no se quemaran.

Caminé un rato por la playa, me encontré con Edil y Vitali, con Sole y Ricard, y más allá con Luisa, Ana, Jordi y Albert, con los que me senté después de llegar hasta el límite de nuestra zona. Después había otro tramo acotado y unas calitas con casas de buen aspecto. El embarcadero dividía la zona de baño. Estaba lleno de paseantes.
Me quedé parado en la orilla un rato, desconozco si fueron unos minutos o unos breves instantes. Observé el lago, su extensión infinita, su horizonte misterioso, las leves olas provocadas por una brisa que para mí era inexistente. Su superficie transmitía quietud a mi espíritu, me aislaba de las voces, del trajinar veraniego. La otra orilla había que imaginarla, y me imaginé a un grupo de nómadas que se hubieran parado a descansar. Imaginé que en el lago había un monstruo esquivo, pero a su modo, cariñoso, que se prodigaba poco por no asustar a los niños, y que prefería el anonimato de la noche. Imaginé el lugar en invierno, cubiertas las laderas de nieve, ausente de vida humana y dando cobijo en sus orillas a los animales que hibernaban. Sentí su pulso salvaje.


Me animé a darme un baño. El agua estaba menos fría de lo que imaginaba, pero para un ferviente bañista del Mediterráneo siempre estaría fría. Pasó una moto de agua desde el sector privado. Noté que se me clavaban las piedras por lo que nadé hasta las boyas. Allí había una zona de algas que utilizó un lugareño como camuflaje para gastar una broma a sus dos preciosos niños rubios. Un rato después salí, me tumbé sobre la toalla y charlé un rato con Ana y Albert.

Cenamos a las 7.30, con el crepúsculo. El menú estaba cerrado, lo cual era una bendición para evitar ese caos agotador que acompañaba cada comida. Sirvieron ensaladilla rusa, dos trozos de kebab con verduras a la plancha y patatas fritas. Apañado, pero no abundante. Con la cerveza y la charleta fue una cena agradable. A la hora de pagar las bebidas y recolectar el dinero de cada uno me hice un lío al dar las vueltas. El descuadre fue de 75 soms, un euro. Poca penalización para una maniobra tan torpe.

No había mucho que hacer en la urbanización. Tampoco buscábamos alargar demasiado la noche ya que necesitábamos un día como ése, de campo y playa, de relax, de recuperar fuerzas. Con las chicas Encarta di un paseo junto a la orilla y nos sentamos al borde del lago en unos sillones confortables destinados a tomar el sol por las mañanas. Queríamos ver las estrellas, pero unos mosquitos con entrenamiento militar nos acribillaron y nos obligaron a desistir.
A las 9.30 estábamos en el hotel. Leí un poco, apañé mis notas y me dejé atrapar por los brazos de Morfeo.

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