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Kirguistán 26. El desfiladero y el Campo de las Flores.



El valle se fue cerrando hasta que quedó un estrecho y sinuoso pasillo entre dos altos paredones que imponían respeto. El río se abría paso con fuerza, como si utilizara sus codos para colarse entre las rocas. El camino que habían trazado era tremendo para el vehículo, pero extremadamente hermoso. Le pregunté a Edil si íbamos a parar o si era posible bajar y hacer el resto de la travesía del desfiladero caminando. Nos remitió al día siguiente.


Con la impresión de que íbamos a ser devorados por las montañas o aplastados por los acantilados, quedamos en silencio y nos concentramos en el paisaje que ofrecían las ventanillas, aderezado con un surtido de baches que nos lanzaba de un lado a otro del vehículo. Nos confiamos a la experiencia de nuestro conductor.


A la salida del desfiladero nos esperaba una amplia pradera, el Campo de las Flores, paisaje alpino y bucólico. Las montañas se entrecruzaban hasta el fondo del valle y estaban cubiertas de espléndidos bosques de coníferas.
Para cruzar el río nos apeamos del vehículo. Todos lo agradecimos, más que por evitar los baches, por disfrutar del entorno. El cielo estaba gris, aunque nos comentaron que no llovería esa tarde.


En aquel espacio abierto y rugoso habían instalado varios campamentos de yurtas. Las tiendas blancas y circulares punteaban la superficie verde. En el campo pacían las vacas, que no nos hicieron ningún caso. Pronto aparecieron grupos de jóvenes locales a caballo. Al principio, parecía que fueran los encargados de cuidar el ganado, pero después confirmamos que ofrecían sus monturas para hacer excursiones a los lugares escondidos en las montañas.


Las montañas mostraban las torrenteras grises que bajaban por sus laderas. La mayoría de las cimas más cercanas carecían de nieve. Detrás, las cumbres más altas eran de nieves perpetuas. Por allí estarían nuestros amigos Iluminada y Javier.

Avanzamos hasta nuestro campamento, posiblemente el más grande y el mejor equipado. Las yurtas estaban dotadas de estufa, había una zona de duchas cubiertas, las letrinas estaban limpias y las dos tiendas dedicadas a comedores eran amplias y confortables.
Descargamos el equipaje, nos distribuyeron y nos emplazaron para comer.

Las yurtas eran de cinco.
-Carlos, tú con nosotras –me dijeron las Chicas Encarta. Y yo obedecí, sin chistar.
El menú de la comida fue sopa y pasta con carne.

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