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Kirguistán 19. La mezquita Dungana.




Comimos en Dastorkan Etno Bar, en la avenida Przevalski de Karakol, un sitio muy aconsejable por su comida y su ambiente. Como indicaba su web y algunos comentarios, era acogedor, informal, ideal para niños. Ofrecía comida china, asiática, europea o vegetariana. Su seña de identidad era la comida tradicional y la hospitalidad.

Repasando notas propias y comentarios ajenos encontré que la comida de la zona estaba influida por la dungana, la de los musulmanes chinos que emigraron a Karakol. No sabría decir si tomé ashlyan-fu, una sopa fría con pasta, verduras y especias, un tanto picante, o lagman, que también llevaba pasta, carne frita, verduras y especias. Si el arroz sustituía a la pasta lo denominaban ganfan. El Karakol manty estaba compuesto de carne, hierbas, ajo, pimienta y especias. Las especies y el picante, además de la pasta, eran el signo claro de esa influencia heredada del vecino del este.

A consecuencia de los enfrentamientos que hubo hacia 1877 en China entre quienes profesaban las religiones tradicionales del país y los musulmanes, éstos se vieron obligados a emigrar. Se calculaba que unos 300.000 cruzaron las montañas Tian Shan y se aposentaron en Kirguistán. A esos chinos musulmanes se les denominó dungan.

Con el tiempo, esa comunidad se consolidó y construyó una mezquita acorde con sus necesidades y dignidades. Para ello, se invitó a un arquitecto de Pekín, Zhou-Si, lo que explica el estilo Qing, el de la dinastía reinante en aquel momento en China y que poco tiempo después sería desplazada del poder. La construcción duró tres años. Estaba activa para 1910.

Lo primero que llamaba la atención era su aspecto de pagoda o templo budista o confuciano. Los motivos decorativos seguían esa tendencia, como los aleros cuyas esquinas se elevaban, los dragones, de buen augurio, y otros elementos en colores vivos. Algo parecido lo había observado en Xian, en China, en la mezquita principal, que se confundía con cualquier templo budista. Si el templo era la casa de Dios, los que los construían se basaban en las casas de su entorno o de su tradición. Junto al edificio principal se alzaba el alminar cuadrado en madera azul clara. A esa hora no había feligreses. No era hora de rezo.

La segunda peculiaridad es que no habían utilizado clavos para unir los diversos elementos de madera. Rodeamos el edificio estudiando sus detalles. En algunos paneles aparecían inscripciones en árabe. Algunos aspectos de esos murales, como la representación de los planetas o un arco iris sobre una montaña blanca, eran francamente curiosos.

Aconsejaban que los musulmanes no penetraran al interior del templo. Lo cumplimos. Las puertas estaban abiertas y la solitaria sala de oración, con el mihrab al fondo y en el centro, se contemplaba sin problemas.



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