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Kirguistán 18. El museo Przevalski



La última residencia en la tierra del explorador era hermosa. El museo estaba enclavado en un amplio jardín, un bosquecillo apacible de altos árboles. Nos acercamos primero al monumento dedicado a Hussein Karazaev, el lingüista que había codificado la epopeya de Manas, que anteriormente se había transmitido exclusivamente por vía oral. Edil comentó que su universidad llevaba el nombre del insigne personaje.

Continuamos hasta un mirador sobre el puerto lacustre antes de regresar sobre nuestros pasos y rendir homenaje a Przevalski. Su monumento estaba coronado por un águila que portaba una rama en su pico. Debajo, una cruz de Jerusalén. Los escolares que nos acompañaban se subieron las escaleras del monumento para inmortalizarse. A pocos metros estaba su tumba.

La entrada al museo era blanca y azul claro, neoclásica, nuevamente coronada por un águila. A los lados, dos cabras montesas. En el interior, nos esperaba su retrato de cuerpo entero vestido con uniforme de gala militar. Desde luego, se parecía a Stalin. Se había especulado con la posibilidad de que el dictador fuera su hijo ilegítimo, pero por aquellas fechas el explorador no estuvo en Georgia ni se había podido trazar relación alguna con su madre.

También leí sobre su posible homosexualidad. No sentía ningún interés por las mujeres (quizá las despreciaba). Ello, unido a la circunstancia de que siempre tuvo ayudantes jóvenes, dio lugar a que se especulara en que fueran sus amantes. Tampoco se había podido demostrar nada.
En la primera sala destacaban dos elementos: un globo terráqueo y un inmenso plano en relieve de Asia central y oriental. En él se representaban los lugares de sus expediciones. Era el mapa que convirtió aquella mancha ignota en territorio conocido. Estaba enmarcado por azulejos donde se representaban personas, lugares y animales, según los habían representado en sus diarios o en sus libros. Era habitual que acompañara a las expediciones un dibujante o un pintor ya que la fotografía aún no estaba desarrollada. En las exploraciones de nuestro científico participó Roborovsky, según me informé en uno de los carteles explicativos.

En varios paneles y vitrinas se recogían cartas, fotos en color sepia, detallados dibujos, mapas, notas o sus diarios, esencialmente de Mongolia, China y Tíbet. También alguna primera edición de sus libros.

Quizá lo más llamativo era un ejemplar disecado del caballo de las estepas al que había dado nombre, el caballo Przevalski (Equus ferus przewalskii), pequeño, de patas cortas y muy resistente. Llegó a temerse por su extinción y tuvo que ser reintroducido en sus territorios naturales en base a los que se encontraban en zoos. También había descubierto diversos géneros y especies de fauna y flora.

Revisando aquellos efectos personales encontré los nombres de otros exploradores, etnógrafos, geógrafos y viajeros que se movieron por Asia y legaron sus obras para la posteridad. Algunos se remontaban al siglo XVII, como el moldavo Nikolai Gavrilovich Spathari o Nicolae Milescu, escritor y diplomático que fue embajador de los Romanov en Pekín. Allí fue enviado para resolver diversas disputas fronterizas y a reportar sobre los territorios a lo largo del río Amur. Dejó dos importantes libros, Viajes por Siberia y la frontera china y Viaje y descripción de China.

Nikita Yakovievich Bichurin, que nació en 1777 y se ordenó monje en 1802, solicitó ser enviado a China, en donde permaneció durante 14 años. Fue acusado de falta de celo religioso y encarcelado en el monasterio de Valaam. No perdió el tiempo durante su cautiverio y tradujo diversos manuscritos chinos. En años posteriores publicó diversos trabajos sobre aspectos relevantes de China y Mongolia. Abrió la primera escuela de chino en el imperio ruso. Por aquellos tiempos, China era un imperio débil que tuvo que realizar importantes concesiones comerciales y territoriales a otras potencias pujantes, como Rusia y Gran Bretaña. El interés por su cultura y geografía lo era también por incorporar y dominar esas tierras.

Escruté los retratos de militares rusos, avancé hasta la zona de animales disecados, revisé las publicaciones de los libros de Przevalski. Tuve la impresión de que estos militares científicos realizaban también una labor de inteligencia militar, de espionaje, que aprovechaban la cobertura de las expediciones para posicionar a Rusia en el Gran Juego. Uno de esos grandes personajes, que tuvo la desgracia de morir joven por la tuberculosis, fue Chokan Valikhanov o Shoqan Walikhanov, considerado el padre de la moderna historiografía y etnografía kazaja. La Academia de Ciencias de ese país lleva su nombre.
Nació en 1835 en Kushmurun, en el actual Kazajistán, en el seno de un clan noble, los Ablai Khan, vinculados con el poder local. Su primera expedición fue a Issyk-Kul, entre 1855 y 1856, lo que le dio fama y fue premiado con la entrada en la Sociedad Geográfica Rusa. Perteneció a la inteligencia militar, que combinó con su labor científica. Fue gran amigo de Dostoievsky.
Aquel pequeño museo estaba cargado de historia y ciencia.

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