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Kirguistán 16. Cholpon-Ata y el museo de petroglifos



El museo de petroglifos al aire libre de Cholpon-Ata estaba en la ladera de la montaña. Ocupaba un lugar utilizado como templo para adorar al sol y otros cuerpos celestes. Recibía su nombre de un espíritu protector mitológico, la Estrella de Venus, que ese era el significado de Cholpon. Ata significaba padre. En la web centralasia, informaban que también Cholpon-Ata era el santo protector de las ovejas.

El bus se infiltró por calles y caminos hasta alcanzar la entrada. No vi ningún indicador que facilitara al conductor la dirección correcta, por lo que tuvo que tirar de intuición y buena memoria. Más abajo, hubo un aeropuerto y aún quedaba uno de los edificios de la terminal que afeaba el entorno.

La primera impresión era que nos habían conducido a un roquedal donde se amontonaban enormes piedras que habían quedado en el terreno arrastradas por un río o un glaciar, o por los terremotos, que eran frecuentes, aunque de variadas intensidades. En cuanto cruzabas la valla y te acercabas a ese caos de piedras apreciabas su importancia. Sobre las rocas se había formado la pátina o barniz del desierto, una capa natural de meteorización o rubefacción, si la capa era roja. Por supuesto, la explicación fue patrocinada por las chicas Encarta.


Sobre aquellos líquenes de colores habían trazado los petroglifos. Según las fuentes que consultaras variaba su número desde un entorno de mil a cinco mil, siendo el número más probable el de dos mil. Tampoco había unanimidad en la datación, probablemente entre el 800 a. C. y el 1200 d. C. Para algunos, se remontaban hasta 1500 años a. C. En algunos casos se especulaba en base a la representación de animales extinguidos o escasos en la actualidad que en otro tiempo camparon a sus anchas por el lugar. Con la consolidación del Islam se desapareció esta práctica. Me pareció pasmoso que hubieran resistido hasta la actualidad.

El animal más representado era la cabra montesa, con ostentosas cornamentas, aisladas o en grupo, en movimiento o contemplativas. También habían representado camellos, ciervos, el conjunto de un cazador con su perro y una cabra y otros más. Unos carteles daban cuenta del contenido.

Seguimos una de las sendas que habían trazado para facilitar la visita. El sol era intenso, lo que facilitó en algunos casos la observación, mientras que en otros provocaba unas sombras que devoraban los dibujos. En algún foro aconsejaban la visita hacia el atardecer, ya que el sol impactaba de una forma más conciliatoria.


Nuestro grupo, y los que compartieron el lugar en aquel momento con nosotros, fuimos muy cuidadosos con los petroglifos. Pero observé diversas fotos de gente subida a las rocas sentados y apoyando el calzado en las pinturas. A estos visitantes poco cuidadosos se unía un intento de restauración con productos químicos que pudo haber sido su sentencia de muerte. Pero, en general, mantenían un estado bastante bueno. También contemplamos algunos graffitis.


Avanzando, encontramos tumbas, restos de muros que quizá marcaran el límite del antiguo templo, rocas agrupadas en círculos y otras curiosidades. Cuando alguien encontraba algo más singular, un hombre sobre una cabra, alguna escena peculiar o extraña, llamaba al resto o se adelantaba a ello Edil, nuestro guía. Las vistas sobre las montañas eran hermosas y les acompañaban las nubes densas y algodonosas, un adorno improvisado por el cielo. La visión del lago la perdimos al iniciar el ascenso.


La anécdota fue que nos encontrarnos con un grupo geológico del País Vasco con el que habían compartido excursiones científicas las chicas Encarta. El que dirigía el grupo estaba de reconocimiento para organizar rutas geológicas por el país. Kirguistán era un país muy atractivo en ese sentido.


Cuando salíamos, entraba un grupo de coreanos que se cubrían con sus paraguas de colores para evitar los rayos del sol.
Me pareció un lugar curioso y aconsejo su visita.


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