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Uzbekistán 37. Un recuerdo de aquella mañana.



Aunque mueven sin mí la pluma de mi destino,
A mí me atribuyen lo bueno y lo malo, ¿por qué?
Ayer sin mí, hoy como ayer, sin ti y sin mí.
Mañana ¿con qué argumento me llevarán al juez?

Rubai de Omar Jayyam.

El sábado 18 de agosto de 2018 (en medios electrónicos, el día anterior) se publicó la noticia del asesinato de varios extranjeros por el Daesh en Tayikistán, donde habían aparecido grupos insurgentes afganos en la frontera. En ABC leí:
Daesh se ha atribuido la responsabilidad del brutal ataque que terminó con sus vidas, así como con la vida de otros dos extranjeros. Un automóvil se desvió para golpear a un grupo de siete ciclistas; los asaltantes saltaron del auto y les apuñalaron. Tres de los ciclistas sobrevivieron al ataque, que el Departamento de Estado condenó como “sin sentido”.
Se trataba de dos norteamericanos, Jay Austin y Lauren Geoghean, de 29 años, que recorrían el mundo en bicicleta. Lo harían hasta que se les acabara el dinero. Su objetivo era llevar a la práctica su filosofía de vida sostenible y simple.
La noticia me impactó porque en Bujara conocimos a una pareja de franceses que habían salido de Toulouse para completar la Ruta de la Seda. Ella estaba bastante cansada. No podían ser ellos porque el atentado ocurrió el 29 de julio, días antes del encuentro. Mi hermana lo comentó días después de mi regreso porque no sabía en qué países había estado y, como nos ocurre a todos, confundimos los países acabados en istán, que significa lugar de. Los países que han optado por el laicismo y la moderación intentan desmarcarse de esa asociación de países con Afganistán, con integrismo y terrorismo.
Ese atentado me recordó la lectura de un pasaje de Samarcanda sobre el ascenso y caída de la orden de los Asesinos, fundada por Hassan Sabbah, contemporáneo y por un tiempo amigo de Omar Jayyam. Me recordó su forma de actuar a la de los terroristas islámicos que se inmolaban en sus atentados. Aquellos ismaelitas (de la tendencia chií) fanáticos eran adoctrinados en la fortaleza de Alamut para que cometieran sus actos con la mayor publicidad posible, para quebrar al mayor número posible de personas, algo similar al entrenamiento de los terroristas suicidas que tienen un impacto inmediato y contundente sobre la población occidental. El mensaje es claro: puede ocurrir en cualquier momento y en cualquier lugar. Esa ansiedad es el elemento más destructivo. No te permite bajar la guardia.
Los Asesinos se infiltraban entre las tropas, en las cortes, en los lugares estratégicos. Nadie sospechaba de ellos, como ahora tampoco sospechas de ese asesino actual que puede ser tu vecino o que toma el cercanías, el metro o el autobús contigo. Se disuelve, no se hace notar, es anónimo hasta que comete su luctuoso acto. Y lo hace convencido de que le espera el paraíso, de que es un buen creyente y que es parte de una guerra santa urbana indiscriminada, ya que ataca a civiles inocentes en vez de a objetivos policiales o militares, como sería lógico en una guerra.
Pero los Asesinos también desaparecieron. Fue el nieto del fundador, al que llamarían el Redentor, quien terminó con aquel régimen del miedo y dio un giro hacia la tolerancia. Alamut fue destruida por la segunda oleada de invasiones. El nieto de Gengis Kan, el príncipe Hulagu, la inspeccionó por última vez y mandó su destrucción. También la de su biblioteca, que guardaba una importante colección de manuscritos, algunos sin otras copias, que fue pasto de las llamas durante siete días y siete noches, según nos describe en su libro Amín Maalouf. Quizá también ardió el Manuscrito de Samarcanda con las rubayat de Omar Jayyam.

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