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Uzbekistán 38. Bujara. El Jardín de la Luna y las Estrellas



Las visitas de aquella mañana comenzaron con un desplazamiento a las afueras de la ciudad, a 5 kilómetros en dirección norte, hacia Samarcanda y la estación de autobuses. Nuestro destino era el palacio de verano del emir, Sitorai Makhi Khosa, que se traducía con el sugerente nombre del Jardín de la Luna y las Estrellas. Sitorai fue el nombre de la esposa del emir Akhad Jan, que desgraciadamente murió joven. Esta fue la última residencia del emir con el que concluyó la dinastía, Alim Jan, que mantuvo la independencia del janato hasta 1920. El palacio se construyó sobre otro anterior que a mediados del siglo XIX construyó el emir Nasrullah Jan. Dicen que se utilizó un peculiar método para elegir el lugar: pieles de cordero. En el lugar en que tardaron más tiempo en pudrirse se supuso que sería el lugar más fresco.


Toda la tranquilidad que se respiraba en aquella mañana de sábado en el centro histórico contrastaba con el ajetreo del tráfico a tan temprana hora. La estación de autobuses estaba atestada de personas en busca de su destino. Parecía como si la población de la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para salir de ella y convertirse en extras para la escena de ese breve tránsito hasta el palacio.
El autobús paró ante una vistosa puerta. Nos apeamos, pagamos religiosamente nuestra tasa para fotografiar –5.000 soms- y estudiamos brevemente el plano del palacio y los jardines. El recinto era bastante grande.

Cuando los reinos se aprestan a morir suelen cometer extravagancias con las que demostrar que aún están vivos y siguen siendo poderosos. El janato tenía los días contados pero se aventuró a iniciar esa prometedora edificación. Es curioso que fueran arquitectos educados en Rusia y dos ingenieros rusos los que construyeron el palacio y le dieron ese sabor entre europeo e islámico, entre oriental y occidental que presentaba. Ironías de la vida: aquellos señores serían sustituidos poco tiempo después, primero sometidos al protectorado ruso y posteriormente absorbidos por el mundo bolchevique.

Después de la puerta se extendían dos patios sombreados, el patio exterior y el interior. El paseo bajo el emparrado plagado de pequeñas uvas fue muy reconfortante ya que la sombra era una bendición. El día fue especialmente tórrido. Por el jardín se movían en libertad varios pavos reales. Nos gustó caminar a nuestro aire durante un rato por aquel espacio abierto.


La decoración fue obra de artesanos locales dirigidos por un eminente artista al que habían dedicado una escultura en los jardines. Parece ser, como nos comentó Valejon, que dos de los principales artesanos fueron judíos, y que por eso aparecían algunos signos de esta religión en los muros del palacio, como la estrella de David. Cada vez que detectábamos uno de ellos, como en un juego, lo compartíamos con el resto.

El palacio había sido reconvertido en museos que ocupaban parcialmente las estancias y que exhibían una parte importante de los objetos que pertenecieron a la corte del Jan, como cerámicas, trajes, tejidos, armas, fotos antiguas que ilustraban aquellos últimos estertores de feudalismo oriental. Algunas piezas eran interesantes y el número de las que mostraban no llegó a cansarnos. Nos llamaron la atención las arañas con lágrimas de cristal, que a algunos nos recordaban a las lámparas de casa de nuestros abuelos. También las estufas, recubiertas de cerámica brillante, como en los palacios de Europa central. Estaba claro que, en contraste con el calor del verano, los inviernos debían ser especialmente duros. Las celadoras dormitaban aburridas.


El primer museo se encontraba en las estancias que denominaban Gran Recepción. Realmente eran dos construcciones, una abierta y barroca, de inspiración islámica, y otra con las trazas de un edificio convencional más europeo. Las separaba un patio con una fuente seca. No tuve tiempo de leer en los carteles los diferentes usos que tuvo en su momento.


En el edificio de corte europeo se encontraban varios salones para recepciones, los apartamentos privados del emir y el espléndido salón Blanco, el del trono. Combinaba estuco coloreado sobre un fondo de espejos, obra del famoso maestro decorador local de usto Shirin Muradov. Los diseños eran elegantes y relajantes. Se dice que las salas de espera, donde podían estar horas los que habían pedido audiencia, se decoraron con primor para que éstos se entretuvieran observando los magníficos diseños en ganch. Los espejos venecianos y japoneses podían repetir incesantemente la imagen del visitante varias veces. Los cristales de colores filtraban una luz peculiar.

En la sala de té exhibían parte de la colección de cerámica china y japonesa. La estancia era de muros móviles, aunque sólo se ha conservado uno de ellos. Leí que el emir siempre comía con un recipiente que cambiaba de color siempre si la comida estaba envenenada. Quien le hiciera el regalo debió ganar su favor.
Me entretuve ante varias fotografías de los emires cargados de condecoraciones sobre vestimentas bastante occidentales y con vistosos turbantes. En otras, quizá fueran miembros de su familia con pesados ropajes tradicionales. También había escenas cotidianas.

Como en otros monumentos del país, había vendedores de artesanías desperdigados por todo el entorno. El más llamativo era un miniaturista con unas obras tradicionales que representaban escenas del Libro de los Reyes, de Firdusi, caravanas de la Ruta de la Seda y otras escenas costumbristas. Las acuarelas eran excelentes. Durante todo el viaje me arrepentí de no haber comprado algo a aquel excelente artista. Los árboles de la vida estaban a buen precio.


Poco más allá estaba un vendedor de joyas. Parecía un chaval californiano con su pelo entre rubio y pelirrojo, su gorra yanqui y su camiseta y sus bermudas desenfadadas. Hablaba un excelente inglés, pero no me imaginaba que le hubieran dado permiso a un norteamericano para que vendiera sus creaciones. Eran diseños clásicos, algo grandes para mi gusto, muy bonitos. Le comenté que quizá un día se sorprendiera de verlos en alguna revista comercializados por alguna gran marca.


Más al fondo estaba el harén. Cerraba la vista un horroroso edificio soviético que intérprete como un deseo de romper la armonía y demostrar un excelente mal gusto. Estaba bastante deteriorado, por lo cual mis esperanzas se cifraban en que se cayera algún día y devolviera la estética a aquel lugar.

El edificio del harén era, nuevamente, europeo y se asomaba a un estanque donde se bañaban las esposas y concubinas del monarca. El harén era una sana costumbre de estos soberanos musulmanes que hoy daría motivos, con razón, para una revolución feminista. Lo divertido era cómo seleccionaba el emir a la que dormiría cada noche con él. El soberano lanzaba una manzana y quien la cogiera tendría ese privilegio. Después de esa explicación de Valejon empezaron las especulaciones jocosas: que si apuntaba mal, que si había alguna concubina especialmente dotada para el “deporte manzanil” y otras versiones que también el lector se puede imaginar. No había testimonios gráficos de ese ritual previo al apareamiento.


Más curioso era el segundo edificio frente al blanco y europeo de trazas clásicas que parecía un faro. No supimos si era desde donde se lanzaban las manzanas, desde donde controlaban los eunucos o si tenía alguna otra aplicación práctica. Quizá era un minarete.
Recorrimos el museo con curiosidad. Algunas de las habitaciones aún reflejaban como vivían las mujeres del emir: parasoles, camas de hierro, alfombras o tapices adornaban las estancias.

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