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Uzbekistán 55. La odisea del vuelo a Tashkent I


Soy de los que creen

que ninguna hoja cae del árbol

sin que haya estado escrito

desde siempre en el Libro del Destino.



(De Samarcanda, de Amín Maalouf).



El vuelo a Tashkent fue una odisea agotadora. Lo programado era un vuelo Urgench-Tashkent a las 20,45 que nos hubiera depositado en la capital a las 21,30. Sin embargo, nos encontramos con la desagradable sorpresa de un cambio de planes: nuestro vuelo saldría de Nukus, a casi 200 kilómetros de Jiva. Para más inri, hizo una escala de 50 minutos en Bujara, al sur, para luego remontar hasta Tashkent. Aterrizamos en la capital a las 23,30, molidos y cabreados.

Cuando pedimos explicaciones de este sorpresivo cambio nos comentaron que el aeropuerto de Urgench estaba en obras. Posteriormente, tuvimos conocimiento de que también el grupo anterior había sufrido la misma odisea odiosa. Vamos, no era una novedad de última hora.

La visita de Jiva la realizamos con cierta urgencia, lo que provocó que fuera difícilmente asimilable el contenido de todos los monumentos que visitamos. Eso sí, cumplieron con todo lo programado. No pudimos hacer compras, para no entretenernos, a pesar de que la mayoría de nosotros las había aplazado para la última ciudad, algo que, además, aconsejaban en guías y foros.

Sobre la una cesaron las visitas y nos fuimos a comer. La habitual lentitud causó que saliéramos a toda prisa hacia el hotel. Este paseo fue casi una carrera de medio fondo que ponía a prueba nuestra forma física al calorcito de más de 40° en la calle. Subimos un instante a las murallas (sólo un pequeño grupo), uno de los elementos que nos había cautivado tanto la anterior noche como al principio de la mañana, hicimos unas fotos y esprintamos para alcanzar al resto del grupo.


Como todo tenía que salir mal, el vehículo que nos había transportado se averió y tuvieron que recurrir a otro con otro conductor. Nuevo retraso y más ansiedad para el grupo. Valejón llamó al aeropuerto y quedaron en que nos esperarían hasta las 15,45, como una concesión graciosa y por ser quienes éramos. No nos sobraba el tiempo. El conductor apretó de lo lindo y creo que nadie se fijó mucho en la belleza del paisaje entre Jiva y Urgench, que por otra parte, ya habíamos tenido el placer de disfrutar la tarde anterior. Sin embargo, al llegar al aeropuerto de Urgench no había transporte ni nadie que se hiciera cargo de nosotros. Nuevo mosqueo al plácido hervor a la sombra de la tarde. El aeropuerto parecía una instalación recién abandonada, como en una película de misterio. El misterio era si conseguiríamos salir de allí.

Buscamos refugio a la sombra, algo absolutamente necesario para no deshidratarnos, llegaron otros pasajeros y Valejón se fue al interior del aeropuerto para informarse de lo que pasaba. Pasaba el tiempo y cada vez estábamos más inquietos. No llegaba ningún vehículo y el lugar parecía atraparnos con su suspense. Valejón se acercó hasta nosotros y nos dijo que pasáramos al interior del aeropuerto. Lo kafkiano fue que nos obligaron a pasar las mochilas por el escáner y a someternos al arco de metales. Al menos el interior estaba refrigerado y dejamos de sudar. La zona de facturación era absolutamente fantasmal.


Nuestro guía comentó que había sitio en un primer vehículo para todos menos para uno, que iría con él en otro coche. Me ofrecí voluntario ya que, junto con Fernando, éramos los dos únicos que viajábamos solos. Unos minutos después subieron a un minibús que los acogió como piojos en postura, con el equipaje dentro y sin aire acondicionado, metidos en una lata de conservas rodante. Aquello había sido improvisado sobre la marcha.

Peor suerte tuvimos nosotros. Aparecieron dos turismos, uno algo más nuevo y otro completamente desvencijado. A Vale y a mí nos tocó la tartana. En el otro se había subido muy decidido un empresario del país, a su bola, sin consultar ni ponerse de acuerdo con nadie para ver cómo nos distribuíamos. Se sentó junto al conductor, miró hacia delante (de aquí no me saca nadie, debió pensar) y pasó olímpicamente del resto de la gente. Había elegido y a los demás que les dieran morcilla. Muy solidario por su parte. En ese vehículo subieron nuestro equipaje. Le acompañó una pareja joven.

En el nuestro no había aire acondicionado, por lo que fuimos todo el viaje con las ventanillas bajadas, refrigerados con el aire hirviente del desierto y tragando polvo intensamente. No hablamos una sola palabra en todo el recorrido. Me puse los auriculares, aunque apenas podía escuchar nada con el ruido del aire que penetraba y golpeaba nuestros rostros.

Continuará...

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