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Uzbekistán 46. Jorezm. Las fortalezas del desierto.



Nos desviamos de la carretera principal para visitar dos de las fortalezas que jalonaban el territorio del antiguo Jorezm o Elliz Kala. Se sucedieron las huertas que luchaban contra el desierto. Las condiciones de vida eran severas, las casuchas pobres y los campesinos trabajaban la tierra en condiciones duras.


Entre los siglos IV a. C. y VI d. C. se alzaron en la zona unas cincuenta fortalezas, muchas de las cuales no han llegado a nuestros días ni han podido ser documentadas. Aquellas fortalezas parecían plantadas aleatoriamente en la nada. En muchos casos, el vacío se había instaurado como consecuencia del cambio del cauce de un río o simplemente porque se había secado. La fuente de vida de esos cauces desaparecía y las fortalezas se abandonaban. Leí que los señores de aquellos reinos construían fortalezas al inicio de los canales de irrigación que bendecían sus tierras. El objetivo era dominar ese recurso y evitar que otros presionaran con la sed. Alzaban muros de ladrillo de varios metros de alto y de espesor con torres semicirculares. Habían sobrevivido algunos de esos lienzos defensivos.


Su historia era difícil de trazar, con lo cual la especulación, las teorías de los arqueólogos o las leyendas trabajaban con escasos elementos para conformar unos mínimos hechos.
Estos lugares estuvieron habitados desde hace siglos: fueron parte de la Ruta de la Seda. En estas fortalezas se refugiaba la población de los alrededores en caso de guerra o de cualquier tipo de peligro.

La primera fortaleza que visitamos fue Ayaz Kala, habitada desde el siglo IV a.C., que realmente era un complejo de tres fortalezas bautizadas con números. Su nombre significaba “fortaleza del viento”, al estar aislada y azotada por el viento. Se alzaba sobre una meseta con sus muros alargados. Era la excepción a un terreno mayoritariamente plano. Mientras nos acercábamos, comprobé que había una construcción más pequeña, en un plano más bajo y a su costado, de muros recios. Era como una avanzada de la fortaleza principal, un castillo compacto y auxiliar. Las montañas mostraban las huellas de la erosión y un terreno casi completamente pelado.

Valejón nos dio la opción de ascender la colina y visitar el interior. El calor era horroroso por lo que la mayoría decidimos quedarnos. Solamente subieron Luisa, Jordi y Fernando, que confirmaron que dentro no había nada. Josep comentó, con razón, que no deberíamos perder tiempo en este lugar porque luego lo echaríamos de menos para la visita de Jiva.

En el entorno habían instalado un campamento de yurtas, las tiendas circulares de los nómadas del desierto. Desde allí se dominaba toda la contornada, posiblemente con unas vistas parecidas a las que tuviéramos desde la fortaleza. Eran las primeras yurtas que veíamos. Una estructura de madera sostenía las tiendas circulares que estaban cubiertas por telas, fieltro u otros tejidos según las necesidades de cada zona. Eran habituales en toda Asia central y tuvimos que esperar hasta Kirguistán para dormir en ellas. El interior era sencillo y confortable. El campamento se completaba con otros servicios.

Las tres fortalezas del complejo eran de distintas épocas. La primera databa del siglo IV a.C. y se asociaba con el imperio Kushán. La segunda, fue construida en una época similar y fue reconstruida por los Afrigidas entre los siglos V al VII d. C. La tercera databa de los siglos I y II d. C. era la más grande de todas y probablemente la más lujosa. Cuando fueron abandonadas las devoraron las arenas del desierto.


Me asomé desde el extremo del campamento. Era un erial donde batía el viento con bastante fuerza. Una nube marcaba una sombra sobre el terreno yermo y seco. Los matorrales, escasos, matizaban ligeramente el color de la arena. La línea del horizonte se situaba lejos y nada parecía interrumpir la llanura.

Javier se alejó un poco y a su regreso comentó que había observado una serpiente, algunas arañas, un escorpión y algunos insectos y reptiles. Un grupo de camellos sin cabalgadura se aproximaba a la pendiente que separaba la llanura del campamento. Lo hacían como si tuvieran curiosidad o algún interés en vernos. Alguno se acercó a las construcciones, comió un poco, posó y se largó. La mayoría se quedaron en la cuesta devorando el poco verde que encontraban. Otros se agruparon junto a un corral.

En 1938, el arqueólogo soviético Sergei P. Tolsov exploró la zona y excavó algunas de las fortalezas legándonos el producto de su trabajo en el libro “Siguiendo las huellas de la antigua civilización de Khorezm”, de 1948. Durante tres décadas, las excavaciones permitieron recuperar ese legado que estaba adormecido bajo la arena. Pero, posteriormente, nada se hizo por consolidar los restos y los muros y éstos corrían el peligro de desmoronarse. El turismo aún no había despertado el interés de las autoridades para implantar las medidas que salvaran este pedazo de la historia de Asia central. Tolsov fue el descubridor de Ayaz Kala y de Toprak Kala (o Tuppra Kala), la otra fortaleza que visitamos.
Nuevamente en movimiento volvimos a encontrarnos con los canales, los campos, las casas salteadas y los campesinos. La tierra uzbeka mantenía una relación de amor y odio con el agua.

La segunda fortaleza, del siglo I ó II d. C., estaba mejor conservada y debió estar habitada hasta el siglo VI d.C. Como la anterior, era de ladrillo, lo que obligaba a que tras la lluvia hubiera que restaurarlas o repararlas. Sobre el montículo había quedado lo que quizá fuera un palacio con varias estancias delimitadas más por la lluvia que por los arqueólogos. Subimos a su punto más alto y la vista de las distintas secciones mejoraba considerablemente. Se apreciaba el trazado de las murallas que la rodeaban y que estaban rematadas en sus extremos por torres de vigía y, quizá, utilizadas como torres de muerte por los zoroastrianos. Estos y los budistas fueron sus habitantes.


La colina sobre la que se alzaba era artificial. Observando el terreno lo extraño hubiera sido que se alzara una colina tan aislada. Aquel esfuerzo se atribuía al rey Artav, según se deducía de unas monedas encontradas en ese entorno. La fortaleza estuvo rodeada por unos muros de 350 metros de ancho por 500 metros de largo, con cuarenta y cinco torres y diez barrios que acogieron unas 2500 personas. Había muchos más esclavos que hombres libres, según las evidencias que leí en la web de Asian Oriental Architecture, que procedían de tablillas de madera. Los muros fueron de una altura entre 9,5 y 11 metros que estuvieron encalados con alabastro. No había evidencia de conquista militar o violencia, por lo que se supone que fue abandonada.

El palacio fue un cuadrado de unos 80 metros de lado. En su interior, de dos plantas, hubo 102 habitaciones en la baja y un número sin determinar en la segunda planta. Valejón nos señaló el salón del Trono y el salón de los Reyes. También hubo un salón de las Máscaras Danzantes y un salón de los Guerreros. Acogió varios templos, entre ellos un templo del fuego. Un depósito de agua abastecía a la población.
Desde lo alto la vista alcanzaba otra línea de montañas bajas, ubicación de otra fortaleza. Caminamos entre los muros y las estancias.


Salimos del entramado de campos buscando la carretera. Junto a un amplio lago apareció otro campamento de yurtas. El último regalo del viaje fue el paso del Amur Darya al atardecer sobre el puente que dividía Jorezm de Karakalpastán. Nos sorprendió por su anchura y por el reflejo del sol naranja. No muy lejos se iniciaba su delta ramificado en varios brazos. El paisaje era de arrozales.

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