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Uzbekistán 45. De Bujara a Jiva.



Pasó el ayer, no guardes de él recuerdo.
Por el mañana que no ha llegado no estés inquieto.
No te apoyes en lo sucedido ni en lo que fue:
sé alegre, que no se lleve tu vida el viento.

Rubai de Omar Jayyam.

Tocó madrugar: me levanté a las 6.15 de la mañana. La salida la realizamos a las 7.30. El cansancio se evidenciaba a primera hora de la mañana. El desayuno fue más silencioso de lo habitual. Fernando se despidió con efusión del personal del hotel, con el que había trabado una buena amistad.
En el primer tramo de la carretera los campos se beneficiaban del agua. Dominaba, cómo no, el algodón, el causante de la progresiva minoración del caudal de los ríos, especialmente del Amu Darya, que acabaría en una precipitada extinción en medio del desierto.
La carretera transitaba por las poblaciones con lentas travesías. De pronto, se redujo a dos carriles, de doble sentido, y el firme empeoró considerablemente, lo que provocó un avance lento, penoso. Hacia las 9, aparecieron unas lagunas que pudieran ser afloramientos de aguas de difícil procedencia. Nos entretuvieron con sus espejuelos naturales al reflejar el sol. Poco después, la carretera estaba en obras y entramos en el desierto, zona de arena y matorral bajo que se aferraba al suelo contra la voluntad del viento. Nos cruzamos con algún camión pero la presencia humana era casi nula. Nuevamente, un paisaje de vacío.

Cambió la carretera a autovía pero se mantuvo el paisaje, con alguna construcción esporádica, como manteniendo las distancias con las siguientes y anteriores.
Efectuamos una parada en lo que denominaríamos un caravasar moderno, un restaurante adormecido que ofrecía comida y bebida. Estaban limpiando los servicios cuando llegamos y nos mandaron a una letrina inmunda. Preferí mear en el campo bajo una torre de comunicación oxidada y herrumbrosa que probablemente fue antes una torre de extracción de gas o de petróleo. La parada se nos hizo eterna.

Pusieron algún reportaje, una pequeña película y aproveché para dormitar en la atonía del desierto tras los cristales, sumido en la intemporalidad. A ratos, mi mirada se quedaba fija en un mundo que se movía aunque parecía inmutable. Pensé que las caravanas debían temer este medio. Cualquier despiste supondría la muerte. En el cielo no pude encontrar una sola nube. Tampoco era de extrañar ya que ésta fue la tónica general en la travesía. El horizonte era indefinido por la bruma y la calima. Faltaba la referencia de las montañas para dar atractivo a aquel paisaje.
Y me entretuve en leer sobre las distintas religiones que campearon por estas tierras.

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