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Uzbekistán 30. Excursión a las montañas de Gissar II


Las charlas iniciales entre nosotros se fueron disolviendo. La pendiente se incrementaba. Nos fuimos poniendo en fila india y empezamos a llevar más cuidado en acompasar la respiración y los pasos. Empecé a sudar profusamente. Me preguntaba si llevaría suficiente agua en la mochila, que había evitado cargar para una mayor comodidad. Contemplé la pesada mochila de Javier y me pareció que transportaba una pluma.

Javier era nuestro particular inspector Gadget, MacGiver o Coronel Tapioca. Llevaba todo lo necesario para cualquier eventualidad. Además del botiquín de campaña portaba varios silbatos, comida muy nutritiva y de poco peso (me acordé de los frutos secos de mis excursiones de juventud), una navaja y otros utensilios y cachivaches que a mí no se me hubiera pasado por la cabeza llevar. Por supuesto, su móvil era como una estación portátil de la Nasa. Además, como Iluminada, siempre estaban pendientes de todos: eran un ejemplo de personas serviciales.

Esas montañas desnudas imponían respeto. Me pareció que su rostro expulsaba al ser humano, le marcaba una frontera, le advertía de su poder. Exploré aquella superficie con la vista y no encontré rastro humano.
La cuesta no era excesivamente selectiva pero exigía concentración y ritmo. El grupo se fue partiendo en pequeños segmentos de dos o tres. A la cabeza, el guía con Luisa y Jordi. Iluminada y Javier ascendían con ellos pero en varias ocasiones se desviaron hasta una peña, pararon para estudiar algo. Después les alcanzaban. El resto procurábamos no acelerarnos, parábamos para hacer fotos o para comentar cualquier detalle. Levantábamos una leve capa de polvo que marcaba nuestra presencia. Las piedras se clavaban a los pies y había que ir atentos para sortear las boñigas de los burros.

Al mirar atrás, comprobamos cómo asomaban los tejados de las casas entre el verdor. Al fondo, las montañas con sus barrancos y con un color rojizo. En la zona intermedia sobresalían la mezquita y el mausoleo. Poco después dejaron de ser una referencia nítida. Cortábamos nuestro cordón umbilical con ese mundo más cercano y rural. Hacia arriba, el terreno era hosco, seco, sin matices. Era un secarral que no ofrecía refugio. Iba completamente empapado en sudor.

Pero la montaña también daba cuartel ofreciendo la sombra de unas generosas matas. Allí realizamos una parada y nos reagrupamos. Sole y Ricard regresaron con Valejón. Sacamos nuestras provisiones, bebimos un trago largo de agua y nos sentamos en las piedras. Había que llevar cuidado con las agujas de los arbustos. Algunas estaban afiladas y podían ser peligrosas si te despistabas. Se agradecía ese descanso casi cuando terminaba la ascensión. El guía nos ofreció unas galletas y repusimos fuerzas. Recordé un poema de Omar Jayyam al sentir una ligera brisa en el rostro:
Pues de cuanto existe no atrapamos nada sino viento,
ya que en cuanto existe hay tara y defecto,
piensa que de cuanto existe nada hay en el universo,
piensa que cuanto no hay existe en el universo.

Entre las matas y las piedras pasaba un pequeño regato donde alguno de mis compañeros puso una botella para refrescarse, algo que consiguió levemente. Acepté los caramelos del guía y guardé alguno por si notaba algún desfallecimiento. Sobre todo, eliminaron mis inseguridades y el peligro de deshidratación.

La montaña acogía una pequeña cabaña de ganado que pastaba con parsimonia y rumiaba sin acelerar su ritmo por nada de lo que pasara. Era el mejor exponente de que en el lugar el tiempo tenía otro valor y que se medía sin ansiedades, con derecho de espera, al margen de los apremios occidentales. Me gustaba esa estampa un poco intemporal.
Nuestro guía nos informó de los picos más importantes. En este mismo macizo de Gissar se encontraba la montaña más alta del país, con 4.485 metros. Estaba detrás de la cima que nos servía de telón de fondo. También nos señaló hacia donde estaban Afganistán y Tayikistán, mucho más cercanos de lo que imaginábamos, a menos de 100 kilómetros.

Iniciamos el descenso poco después, un descenso suave, progresivo, sin demasiados sobresaltos. Lo efectuamos por una ruta diferente a la de ascenso. Iluminada y Fernando amenizaron la caminata con sus canciones, que nos hicieron sonreír de forma nostálgica. Los dos gozaban de buena voz y buen estilo, cantaban muy bien y tenían un repertorio envidiable, de toda la vida, lo que provocó la exaltación de nuestro humor. Se fueron retrasando, como alguno más de los miembros de nuestro grupo. En unos casos por culpa de las fotos, en otros por llevar cuidado y reducir el ritmo. Hubo que parar para recomponer el grupo cuando ya no eran visibles todos los miembros del mismo.

Las vistas podían ser monótonas pero siempre había un elemento, un punto que captaba nuestro interés. La zona ofrecía pinos de un tamaño reducido. Poco después, aparecieron frutales, manzanos y lo que podrían ser cerezos o cualquier otro árbol del que salían aquellos frutos rojos que nos deleitaban en las comidas y que no supimos identificar. Las vacas, algo delgadas, elevaban la cabeza y se alimentaban de las manzanas y nos miraban con cierto rencor por quitarles el alimento. Todo porque Javier se subió a uno de los árboles y cortó algunos frutos para comprobar su calidad. Desde luego eran muy celosas de su alimento.

El terreno estaba ligeramente abancalado. Los árboles habían sido plantados en línea, como si los hubieran trazado con una regla. Después de conversar un poco llegamos a la conclusión de que todo aquello tenía por objeto aprovechar el agua, un elemento terriblemente escaso en determinadas épocas del año. Las soluciones eran muy similares a las que hubiéramos encontrado en los campos de nuestro país.

El terreno empezó a ser más resbaladizo. La tierra estaba suelta, el polvo se levantaba con cada patinazo. Los traspiés no provocaron ninguna caída pero hubo que llevar cuidado. Provocó un mayor control de las piernas, aplicarles más fuerza, más tensión y cargar la musculatura. Notaríamos su efecto en los días posteriores.

Los pueblos se anunciaron con pequeñas explotaciones separadas por muros bajos de piedra. Por encima de ellos se asomaban niños y mujeres que realizaban las labores de forma tranquila y que se volvieron hacia nosotros al escuchar nuestra llegada. Cuando alcanzamos nuestro pueblo comprobamos la sonrisa cómplice de los lugareños que nos observaban cubiertos de polvo hasta las cejas.

Aunque había relajado considerablemente mis cánones de limpieza, lo primero que hice nada más llegar fue darme una ducha que me refrescó y me devolvió a la vida.

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