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Uzbekistán 31. El cañón de Qapchigoy.


A las cuatro, Ana, la de Sestao, entró en nuestra habitación y nos preguntó si no íbamos a la excursión al cañón. No me había enterado de la hora y tuve la impresión de que esa llamada se producía justo en el momento en que empezaba a disfrutar de la siesta. Realmente, había descansado unos veinte minutos, suficiente porque había sido un sueño profundo.

Esta segunda excursión fue bastante más suave que la de la mañana. Lo comprobamos nada más abandonar el pueblo y tomar una cuesta descendente que iba adelantando las vistas sobre el tajo trazado por el río entre las montañas. Las ramblas y torrenteras del pueblo estaban inmisericordemente secas. El paisaje era hermoso, combinando la montaña y el campo. Las casas se escalonaron y se encargaron de entretenernos durante la media hora de la bajada hacia las pozas. El terreno se iba agrietando según nos acercábamos al cañón. Más adelante se despeñaba de forma violenta o se escalonaba en estratos. Nos asomamos para contemplar la zona más profunda.

El río llevaba poca agua y los lugareños habían creado una pequeña presa con varias piedras que embalsaban la corriente para disfrute de todos en aquel tiempo de verano. Los lugareños chapoteaban para combatir el intenso calor. Ese baño era un premio.

Podríamos habernos quedado bañándonos y tomando el sol, charlando y dejando pasar la tarde. Sin embargo, el desfiladero que se abría ante nosotros invitaba a explorarlo. Los primeros en decidirse fueron Luisa y Jordi. Les seguimos Iluminada, Javier, Fernando y las chicas Encarta. Internarnos por el cañón tenía un punto de aventura y me recordó a aquellas películas en que se hacía el silencio cuando un grupo atravesaba un lugar propicio para una emboscada.

El río bajaba alegre, como una pequeña criatura que intentara jugar entre las piedras. Era un hilillo. En algunos lugares se extendía un poco y reducía el camino a la mínima expresión. Parecía imposible que aquel pequeño arroyo hubiera erosionado las rocas hasta formar esa cicatriz en la tierra. Fuimos cambiando de una orilla a otra, caminando sobre los cantos rodados y llevando bastante cuidado para evitar una lesión en los tobillos.

En lo alto, las cabras ramoneaban en lugares imposibles y provocaban la caída de algunas piedras que dieron algún susto terrible al principio.

El cañón iba trazando curvas que invitaban a descubrir el siguiente ámbito. Cada meandro tapaba la siguiente etapa y producía cierta ansiedad por conocer qué nos depararía la siguiente curva. Abrumaba con la sensación de que podía devorarnos o aplastarnos a voluntad.

No pudimos completar todo el recorrido. Hubiera requerido más tiempo y tampoco sabíamos muy bien si al final del mismo podríamos subir con facilidad hasta la carretera. En un momento en que las rocas complicaban considerablemente el avance decidimos regresar.

Nos bañamos en el agua de un sospechoso color verde pero el calor era tremendo y las aguas frías devolvían el ánimo.
Mientras nos bañábamos se inició una discusión sobre cómo pronunciar el nombre de la actriz Analía Gadé, sí tenía una prima en Sestao, como mantenía Ana, sobre los actores que se posicionaban a favor de uno u otro gobierno, lo que ilustró Fernando respecto de su Argentina natal.

Regresamos por la carretera.

Por supuesto, al regresar a nuestra galería reanudamos la tertulia, la prolongamos con la cena, en la que notamos la ausencia de la ensalada, devoramos los raviolis, alternamos las palabras con la observación de las estrellas y continuamos hasta que el cuerpo aguantó.

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