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Uzbekistán 34. Bujara. La plaza Lyabi-Hauz.



Con un hambre endemoniada entramos en la ciudad. El autobús nos dejó en una calle relativamente ancha y desde allí Valejón nos condujo por un entramado de calles que a aquella hora del inicio de la tarde estaban completamente vacías. Hubiera sido de locos salir a la calle con ese calor.
Nos llevó hasta una casa particular con un hermoso patio de dos alturas. Sin duda, sus dueños eran gente de cierto nivel. Habían reconvertido una parte del inmueble en casa de huéspedes. También daban comidas. Penetramos en el comedor donde nos esperaba una mesa larga y muy bien montada, como la casa de mis abuelos hace muchas décadas. La vajilla y la mantelería eran francamente bonitas.
Fue quizá la mejor comida en este país. Pequeños platos ofrecían verduras aliñadas y de un sabor estupendo. De segundo, el mejor plov que se pueda imaginar. Y, por supuesto, cerveza y sandía de postre.


El hotel Fátima estaba en el lugar más animado de Bujara: la plaza Lyabi-Hauz. En tayiko se traduciría por estanque, como el que ocupaba el lugar central de la plaza. Era el corazón de una ciudad animada, vital, en que se podía disfrutar de la vida real de los habitantes del lugar. El conjunto estaba bien cuidado, limpio y armónico.
Sole, Ricard, Fernando y yo aprovechamos el pequeño intermedio de la siesta para cambiar moneda. Nos acercamos hasta el hotel Asia donde encontramos a un nutrido grupo de españoles disfrutando del aire acondicionado. El trayecto nos permitió observar ese extremo de la plaza, el ángulo más alejado de nuestro hotel, cerca de una mezquita.
Nuestro hotel se organizaba en torno a un patio acogedor con un par de rincones donde pasar un magnífico rato si no fuera porque el sol lo calcinaba. La habitación era amplia y un poco destartalada, ya que tenía una sola cama y el espacio que debía ocupar la segunda estaba vacío de forma incongruente. Me di una ducha, me cambié de camiseta y descansé unos minutos antes de iniciar la visita de la tarde.

La luz del atardecer impactaba sobre los azulejos de la parte superior del pishkek de la madrasa con un efecto primoroso. Ante él nos reunimos y desde allí iniciamos nuestra visita conjunta.
En el lado más cercano a nuestro hotel se alzaban dos madrasas, la Nadir Divanbeji, de 1620, y fácilmente identificable por los azulejos que representaban pavos reales, el símbolo de la realeza de los janes de Bujara, y la Nadir Divanbeji Janaka, que como su nombre indicaba era el lugar donde se reunían los sufíes.

En torno a la primera, nos contó Valejon una historia sobre un error en la proclamación de su terminación. Al parecer, estaba destinada a caravasar pero aquel error la convirtió en centro de estudio islámico. Como en este país las leyendas y las historias se entrecruzan puede que algo de verdad hubiera en ello. No entramos porque en su interior se iba a celebrar un concierto.

Lo que concitaba más interés entre los lugareños era la estatua en bronce del popular místico sufí Hoja Nasruddin, al que nos presentaron como el Sancho Panza uzbeko, que mostraba un rostro risueño y divertido. Niños y no tan niños se encaramaban a su burro para fotografiarse con enorme ilusión. Las aventuras del pícaro personaje, entre real y mítico, las ofrecían en múltiples lugares de la ciudad en español, algo bastante poco habitual. Las imágenes con que se ilustraban los textos eran bastante divertidas. Me arrepentí de no comprar un ejemplar.

Nuestro guía nos comentó que en el siglo VIII el río que atravesaba la ciudad modificó su curso y causó una profunda crisis. Los gobernantes se vieron obligados a buscar alternativas y optaron por construir una red de estanques que en la actualidad adornaban las plazas de Bujara y le otorgaban un carácter especial. En su tiempo, la gente del pueblo acudía a esos depósitos públicos a recoger el agua de uso doméstico. Pero el agua almacenada que no corría provocaba enfermedades, por lo que hubo que buscar alternativas, como una red de canales, como el que atravesaba uno de los lados de la plaza.
Entramos en la madrasa Kukeldash, construida por Abdullah II en 1569. Sus estancias habían sido convertidas en tiendas, algo bastante habitual. Los azulejos estaban menos restaurados que en otras ocasiones y los muros mostraban los ladrillos vistos. Esta era una de las muchas madrasas que en el pasado estuvieron en funcionamiento y que convirtieron a la ciudad en un importante centro universitario. Aunque sólo funcionaba una en la actualidad, la ciudad seguía concentrando unos 30.000 estudiantes de todas las materias.

Dimos un paseo en torno al estanque. Un par de terrazas bastante populares entre los lugareños lo rodeaban. La sombra permitía disfrutar del momento. Algunas personas aprovechaban para pescar. Sorprendentemente, había peces en el estanque pero nunca me hubiera atrevido a comer pescado del mismo.

En uno de los pequeños puestos callejeros, un comerciante vendía platos típicos de cerámica. Iluminada estaba buscando algo que le gustara. Me puse a escrutarlos con el fin de entretenerme y echarle una mano. Para mi sorpresa, encontré unos platos con el escudo del Real Madrid. No había de otros equipos. Era increíble la influencia o la difusión que podía llegar a tener el fútbol.

Por aquel entorno paseaban las familias, compraban chucherías, los niños jugaban montados en sus coches de juguete o correteaban sin hacer demasiado ruido.
Muchas de las tiendas de la plaza habían pasado al dominio de los vendedores de recuerdos para turistas. El turismo había desplazado a los comercios tradicionales, lo que restaba personalidad a la plaza. En una de ellas compré un libro de fotos (con un texto lamentable en español) y unas monedas antiguas.

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