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Uzbekistán 35. Bujara. El barrio judío.



Al sur de la plaza se encontraba el barrio judío. Había perdido su importancia pero aún retenía una parte de su encanto. La mayoría de sus habitantes fueron emigrando a Nueva York e Israel a lo largo del siglo XX. También a Europa y Australia. Durante décadas a lo largo del siglo XVIII sufrieron la discriminación y se cansaron de vivir sin la plenitud de sus derechos. El rabino Yosef Maimon, de Tánger, a finales del siglo XVIII, les orientó hacia la práctica sefardita. Desde mediados del siglo XIX emigraron a Israel. Los zares permitieron su culto. En el Álbum de Turkestán dejaron constancia gráfica de las costumbres de los judíos.

De aquella comunidad de buenos comerciantes, médicos y artesanos de la antigüedad quedaban unas 360 personas. Llegó a aglutinar siete sinagogas (a pesar de la prohibición de construir nuevas sinagogas del califa Omar) y conformar un buen porcentaje de la población. Los judíos bujarianos, que así denominaban a todos los de Asia central, hablaban un dialecto del tayiko, el bújaro. Su influencia, lógicamente, había decrecido considerablemente. En la actualidad eran esencialmente una curiosidad.
Los judíos se habían establecido en Uzbekistán y en Asia central a lo largo de los siglos. Comerciantes judíos y armenios habían ido sustituyendo a los sogdianos como intermediarios a partir del siglo XVI. Aún quedaban en el país las juderías y los cementerios en las ciudades de Samarcanda y en ésta de Bujara. Las oportunidades que ofrecía la Ruta de la Seda para comerciantes y prestamistas no podían ser ignoradas por este pueblo. Su origen se remontaba, según algunas teorías, a las tribus perdidas de Israel, a tiempos de Ciro o al rey David. Quizá fueran los descendientes de los cautivos de Babilonia que nunca regresaron a Israel. Es increíble que pese al aislamiento mantuvieran sus ritos y sus tradiciones, como la música, la cocina o sus vestimentas.

No habían entrado en una competencia tan abierta con las otras religiones por el predominio de culto. Leí de la conversión de un rey en tierras más al norte como un episodio peculiar. Habían convivido, se habían adaptado, habían sobrevivido. Llegaron a compartir espacio de culto en las mezquitas.

El barrio era un entramado de estrechas callejuelas. Hubiera podido ser la judería de una ciudad española. Nos asomamos a un hotel judío con un bonito patio y dos alturas con columnas y barandillas de madera. Unos metros más allá, en la otra acera, estaba la sinagoga que había sobrevivido al paso del tiempo. Valejón solicitó permiso para entrar, ya que estaban celebrando el Sabbath. Pasamos al interior y nos mostraron alguno de los libros de la Torah.
En la pared principal presidía la menorah, el candelabro de siete brazos, dos estrellas de David y las Tablas de la Ley. Las telas parecían recuperadas de la antigüedad con sus adornos dorados. Sobre una mesa reposaban los libros de oraciones.
Al salir, nos pidieron con insistencia un donativo como contraprestación por la visita.

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