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Uzbekistán 25. Nuestro hogar y nuestra familia de adopción en Langar


En Langar no había hoteles. Quien quisiera pernoctar en el pueblo podía elegir entre el janaka o una casa particular. Me hubiera gustado disfrutar de la hospitalidad sufí pero estaba programada la segunda opción. Otra vez será.
La mayoría de las casas eran de adobe. Periódicamente eran reparadas ya que la acción de las lluvias y otros elementos naturales las deterioraban seriamente. La que nos albergó era de ladrillo y, sin duda, era de las más lujosas de la población.

Al entrar, me recordó a la casa de mis abuelos en Santomera, Murcia. Tenía un amplio patio cubierto con un emparrado que lo bendecía con su sombra. En un lado estaban las duchas, los servicios y la cocina tradicional con horno de barro. Enfrente, la edificación principal de dos pisos. Nosotros nos alojamos en el piso superior. Tomamos nuestro equipaje y nos instalamos poco antes de que el atardecer cubriera todo de oscuridad.

Había tres habitaciones, dos para cinco personas, en los extremos, y una de cuatro, en el centro. La del centro fue asignada a las vascas. La división en las otras dos fue de roncadores y no roncadores. En la de roncadores, la mía, compartí habitación con Sole, Ricard, Albert y Josep. Fernando estuvo indeciso bastante tiempo, con dos cambios rápidos de opinión. Iluminada y Javier, acostumbrados al vivac, decidieron establecerse en la galería cubierta.

La galería cubierta fue como nuestra sala de estar. Una parte estaba ocupada por una mesa alargada que servía para las comidas y las tertulias que se montaban cuando regresábamos de las caminatas. Era el club social. Aún lo recuerdo como un lugar entrañable. En una de las barras de la barandilla había un canastillo peculiar. Era el único lugar con cobertura de móvil. Quien necesitaba llamar o recibir llamadas debía dejar el teléfono en el canastillo y esperar a que las fuerzas mágicas del mismo lo activaran. Hasta que me enteré de aquel misterio observé con suspicacia cómo subían los miembros de la familia a visitarnos.

En el patio había uno de esos camastros-sillones tan populares en Uzbekistán. Lo monopolizaron Valejon, nuestro conductor, que disfrutó en ese tiempo de unas vacaciones, y el dueño de la casa, que también era el guía local. Allí montaron unas interminables timbas con las que se entretenían de sol a sol. Envidiaba que pudieran llevar una vida tan fácil mientras nosotros subíamos al monte, bajábamos al cañón o explorábamos las calles.

Las que atendían el negocio eran tres mujeres. Una era indudablemente la esposa del dueño y guía. A otra se la veía poco porque atendía la cocina. La tercera podría ser la hija, aunque la diferencia de edad era demasiado grande respecto de los tres chavales. Lo mismo era una criada, alguien del pueblo que ayudaba en la casa. No eran muy comunicativas. Desde luego, no hablaban más que uzbeko (o quizá tayiko, tan popular en toda esta parte del país). Nos hubiera gustado charlar con ellas, saber más de su vida, de sus aspiraciones, de sus estudios o sus habilidades, de la posición de la mujer en Uzbekistán. Probablemente la consigna fuera que se limitaran a servir y que no confraternizaran. En una sociedad tan tradicional, el contacto con extranjeros y, sobre todo con hombres, no debía ser muy cómodo y quizá nuestra presencia diera lugar a habladurías. Su actividad era frenética y no paraban de limpiar, ordenar, cocinar o realizar mis tareas domésticas.

Los que eran encantadores eran los críos. Y, desde luego, el más divertido era el pequeño, una versión de terremoto humano con mucha gracia. Jugaban en el patio pero se acercaban a nosotros, intentábamos charlar con ellos y se incorporaban a nuestra actividad en la galería sin ser invasivos. Estaban magníficamente educados. Les tomamos cariño.

Nos fuimos reuniendo en torno a la mesa. Jordi actualizó sus notas, Albert aprovechó para leer un poco de la Lonely Planet, Josep y Fernando empezaron a hablar de Valencia y de Zamora y a contar anécdotas familiares muy graciosas. Pedimos coca-colas y cervezas rusas, que aunque no estaban demasiado frías nos elevaron la moral. Todos pensamos que no habría cerveza y, sin embargo, la teníamos disponible y más barata que los refrescos (15.000 soms por 20.000 ó 25.000 soms, según tamaño). Trajeron cacahuetes y pistachos, una ensalada de pepino y tomate, deliciosa y, sin interrupción, la cena.

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