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Uzbekistán 26. Contemplando las estrellas.


Las estrellas que excepto pena no añaden otra cosa
No dejan prenda por aquello que roban.
Si supieran lo que soportamos por su giro,
No pondrían pie en tierra los no nacidos.

Rubai de Omar Jayyam.

Siempre me han gustado las conversaciones de verano al aire libre cuando el calor se calma y no hay ganas de irse a dormir. Las confidencias se concatenan, la gente se anima, sube el sonido del campo y de la noche, el cielo se cubre de estrellas. Y las estrellas fueron nuestro entretenimiento aquella noche y alguna más.
Iluminada, Javier y las chicas Encarta, como fueron bautizadas las vascas por mis sobrinos al contarles su saber académico, eran bastante aficionadas a esta actividad. Las chicas Encarta eran de un club de astronomía. Tanto unos como otras llevaban en sus móviles varias aplicaciones que ayudaban a identificar las constelaciones. En verano, al desplazarme a la playa o en algún viaje en que me encontraba en el campo, salía a contemplar el cielo por la noche.  Únicamente veía puntitos blancos sobre una superficie azul oscuro, sin que fuera capaz de interpretar nada de la bóveda celeste. Elevaba la cabeza y contemplaba algo que no contemplaba en Madrid al impedirlo los bloques de edificios y la contaminación lumínica. En La Palma sí había disfrutado de ese espectáculo porque allí la luz estaba atenuada. Pero mis conocimientos eran nulos y no sabía lo que observaba.
Lo primero que hicieron fue localizar Marte, que era el punto que más brillaba. Tardaron un instante y hubo unanimidad. Cualquiera del pueblo que se hubiera acercado a la casa nos hubiera tomado por locos ya que estábamos congregados mirando al limbo y señalando hacia arriba con excesiva convicción. A mí me pareció divertido.
Una vez localizado Marte, el siguiente paso fue localizar el Carro. Con las indicaciones que me dieron acerté rápidamente. Desde allí, la Osa Mayor era también sencilla de situar. Se animó el cotarro y señalaron Júpiter, Saturno, otras constelaciones. Cuando había duda sacaban el móvil y ajustaban las aplicaciones. La Vía Láctea era una tremenda densidad de estrellas.
Lo más divertido fueron las estrellas fugaces. Las puñeteras tienen por costumbre pasar en el único momento en que dejas de mirar al cielo o al sector donde trazan su estela. Creí que era un fenómeno bastante inusual pero en el rato que estuvimos pasaron unas cuantas que provocaban el regocijo de quien tenía la suerte de observarlas y la decepción de los despistados. Me concentré para no perderme ninguna más.

Soñé que nos acompañaba el nieto de Tamerlán, Ulug Beg, el Sultán Astrónomo, y que nos deleitaba con sus explicaciones, tanto a nuestro grupo como al de la embajada de González de Clavijo, a quienes nos presentarían al inicio de la sesión. La luna quedaba fuera de cuadro.
Pasado un rato, las estrellas habían cambiado de posición. Discutimos si un cuerpo celeste era un posible satélite artificial. Pasó un avión con el parpadeo de sus luces de posición.
Recordé un rubai de Omar Jayyam:
Pues no giró la rueda ni a deseos del sabio,
enumera si quieres los siete u ocho cielos,
y ya que hay que morir dejando cuanto ansiamos,
como la hormiga en la tumba o el lobo en el desierto.

Cansados y con un poco de pena nos fuimos a dormir. En la habitación nos esperaban unas colchonetas bajas con edredones, sobre las alfombras, más lujosas de lo que esperábamos. El sueño fue alterado por los ladridos en cadena de todos los perros del valle y los potentes rebuznos de los burros.

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