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Uzbekistán 17. La plaza Registán


Los que galoparon por el desierto de las causas,
sin considerarlas, realizaron todas las tareas
y exponen hoy un nuevo pretexto.
Mañana será el resultado de lo que hoy han hecho.

Rubai de Omar Jayyam.
La plaza Registán es uno de esos lugares en el mundo que merece un viaje por sí solo. Sin duda, es el emblema de Samarcanda y esta ciudad es uno de los grandes atractivos para visitar Uzbekistán. Si alguien quiere impresionarte con una sola imagen de Uzbekistán, lo hará con una de esta plaza. Quizá por esa circunstancia andábamos todos un poco revolucionados a la espera de contemplar con calma la plaza y sus tres madrasas. La visita nocturna había abierto nuestro apetito y ahora se había convertido en hambre ansiosa.
El autobús nos dejó a pocos minutos. Desde un parque bien cuidado observamos un lateral de una de las construcciones, una cúpula turquesa, un pishtak de costado y un alminar. Creo que todos animamos el paso, aún a costa de acelerar en exceso la digestión al calor del inicio de la tarde.

Seguimos uno de los laterales de una de las madrasas. Estaba cubierta de azulejos. Las ventanas con celosías rompían la uniformidad del diseño geométrico que repetía como mantra los nombres de Alá y de Mahoma. Al girar la esquina, el muro se prolongaba mucho más hasta un alminar, se interrumpía por el hueco de la plaza y seguía desde otra torre. El conjunto era inmenso y de una gran hermosura.

La plaza era lo suficientemente grande como para que no hubiera apreturas. Los grupos de visitantes se distribuían sin problemas. Buscaban preferentemente la sombra, algo fácil por la majestuosidad de los edificios. Esa espaciosidad aumentaba la grandeza y teatralidad del conjunto. Evitaba las construcciones anexas que le restaran protagonismo.

La madrasa era una de las grandes instituciones de Asia central. Los soberanos dejaban su impronta para la posteridad en escuelas coránicas que, con el paso del tiempo, fueron evolucionando hacia instituciones de enseñanza más completa en que se impartían otras materias, como matemáticas o astronomía. Se había tomado el modelo de los monasterios budistas y en el siglo XI habían incorporado esas nuevas materias.

Las tres madrasas armonizan perfectamente, aunque eran de diferentes épocas. La más antigua era la de Ulug Beg, el Sultán Astrónomo, construida entre 1417 y 1420. Durante mucho tiempo fue el centro de educación islámica más importante y prestigioso de Asia central. Aquí se formaban o investigaban los científicos que desarrollaban sus funciones en el observatorio y en otras instituciones preocupadas por el saber.

La segunda, la Sher Dor (o Shir Dar), o del León, estaba frente a la de Ulug Beg y fue construida entre 1619 y 1636 a instancias del emir Astrajánida Yalangtush. Era fácil de diferenciar porque en el pórtico aparecían dos leones dorados con dos soless como rostros. Seguía las trazas de la anterior.

La tercera, la que estaba entre ambas, la Tillia Kari, o Dorada, fue erigida entre 1646 y 1660 sobre el solar que ocupaba anteriormente un caravasar. A los lados del pishtak las salas presentaban dos arquerías superpuestas, una diferencia respecto de las otras dos.
Merecía la pena quedarse en la plaza y paladear las fachadas, armonizar las mismas y dejar que penetraran las sensaciones. Cada elemento transmitía una sensación, un momento que debía permanecer en nosotros. Podías hacer todas las fotos que quisieras para que en el futuro te recordaran ese momento.

“Los sucesores de Timur -leí en El islam. Arte y arquitectura- que reinaban en Herat y Samarcanda, consiguieron menos victorias y acumularon menos botines, pero tenían evidentemente más gusto”. Quizá por ello impusieron “sus equilibradas proporciones y la exquisitez de sus ornatos interiores y exteriores -continuaba. En el revestimiento de las fachadas domina el mosaico de fayenza (a veces con piezas insertadas de mármol talladas), mientras que el gusto por el dorado desaparece de la pintura mural y la ornamentación se vuelve mucho más distinguida”. La pompa y la suntuosidad de un poder ilimitado daba paso a la sofisticación y a la prolongación de la fusión de tradiciones y escuelas artísticas que conformaron el estilo timurí.

Por supuesto, el pórtico era espectacular. El inmenso arco del pishtak acogía otro más pequeño en el centro con dos arcos superpuestos a los lados con una decoración exquisita. Penetramos al interior. En las esquinas del patio central estaban las aulas principales o dars khonas, cubiertas por cúpulas. En el perímetro, las habitaciones para eruditos y estudiantes, las khujras, que asomaban sus arcos superpuestos a un tranquilo espacio cuadrado con varios árboles, como para otorgar a los visitantes un lugar donde descansar. En el centro de cada lado, los altos pórticos. Muchas de las estancias habían sido reconvertidas en tiendas o talleres de artesanos, lo que restaba parte de su atractivo intrínseco y que impedía hacerse una idea del tránsito de eruditos por las salas. Al fondo, una sala alargada que debió ser la mezquita y que ahora albergaba un museo en honor del Sultán Astrónomo. Delgadas columnas de madera sobre basas de piedra sustentaban el techo, del mismo material.

La Shir Dar, la que representaba en su pórtico leonés o quizá tigres, acompañados de gamos y un sol muy humano, fue construida sobre un janaka o lugar de reunión de sufíes que erigió Ulug Beg y que se encontraba en estado ruinoso en época de Yalangtush. Su objetivo era imitar la madrasa de Ulug Beg e intentar superarla (todo hay que decirlo, sin éxito), por lo que su estructura era muy similar, salvo en algunos detalles.

La madrasa Tillia Kari, o la trabajada con oro, ocupó el lugar de un antiguo caravasar o posada para comerciantes, construcción que daba servicio a la plaza que fue utilizada mucho tiempo como un mercado. Su patio era rectangular y su entrada principal estaba en el lateral, en vez de en el mismo eje de la mezquita, en el centro del muro oriental.
Su elemento más destacado era, sin duda, su mezquita del viernes, cuyo interior estaba cubierto de dorado sobre azul. La iluminación artificial hacía brillar con intensidad esa decoración.

Leí que la cúpula sobre la sala principal de la madrasa era reciente y que estuvo sin cubrir ese espacio durante 300 años. Mi impresión era que todo armonizaba perfectamente.

Registán es un resumen del poder de esta ciudad y de la comunidad que ha habitado este territorio durante siglos. Es cultura, es saber, es historia, es seña de identidad que abarca un largo espacio de tiempo. Este país se mira en Registán para recuperar su orgullo y para prolongar su esplendor pasado en nuestros días. Por eso, el espacio se combina con la arquitectura, el arte con la religión, el mercado que canalizó el comercio con el impulso del turismo del presente que le devuelve la vida, el dinero y la satisfacción. Ese compendio tiene que permanecer en el tiempo. De no ser así desaparecerá la personalidad intrínseca de Transoxiana, de la fusión de razas, culturas y credos que siempre coexistieron en estos lugares.

Nota sobre las imágenes en antiguas: las mismas corresponden al Álbum de Turkestán, edición de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, referencias: LC-DIG-ppmsca-09947-00204, 238, 245, 257 y 269

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