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Uzbekistán 28. Asia central: un crisol de religiones.


Antes de que el islam se impusiera como la religión más preeminente de Asia central convivieron varias religiones en ese mismo ámbito territorial con avances y retrocesos de diferentes credos.
Quizá la más extendida y la menos conocida por nosotros sea la religión zoroastriana, alumbrada por Zoroastro o Zaratustra, un profeta persa (nacido en Jiva) que vivió hacia el año 1000 a. C. y que propugnaba una doctrina de lucha entre el bien y el mal. El universo se dividía en dos principios, Ahura Mazda, o la sabiduría que ilumina, y su antitético, Angra Mainlu, el espíritu hostil. Ambos principios estaban en continuo conflicto.
La división entre fuerzas benévolas y malévolas se trasladaba a todos los aspectos de la vida, como la clasificación de los animales. Los rituales de purificación eran esenciales, principalmente a través del fuego, como mantiene Peter Frankopan. Esta religión fue utilizada por la dinastía Sasánida, que ascendió al poder en el primer tercio del siglo III d. C. y que tuvo una clara expansión a partir del 224 d. C., fecha en que es entronizado Ardashir I. Esta nueva dinastía buscaba su identidad reivindicando la grandeza del imperio persa del pasado, aquel de Ciro y Darío, y buscará en la religión vigente en aquella época su consolidación. Ello supuso una ruptura con la tradicional tolerancia religiosa, la destrucción de stupas budistas y las persecuciones de otros cultos. La cultura militarista que se deduce de esa constante lucha entre contrarios impuso la idea de la revitalización del imperio. El orden y la disciplina calaron en la reforma administrativa.
Eran tiempos de expansión de varios cultos. El cristianismo se filtraba tanto hacia el Mediterráneo como hacía Asia central o la India. El budismo caminaba con fuerza por toda Asia e incluso por el Mediterráneo. Los judíos se extendían hacia Etiopía, Yemen, Asia Menor o el norte de África. La competencia entre religiones era enorme y el apoyo del poder temporal era esencial para su consolidación. Los zoroastrianos se posicionaron junto al poder y tomaron el control a costa de otros credos, que fueron calificados como demoniacos.
La religión budista, surgida en el siglo VI a. C. en la India, y otro de los credos en pugna, tuvo una especial reacción a consecuencia de la conquista de Alejandro Magno y la introducción de las ideas griegas. Los dirigentes locales tuvieron que decidir entre tolerar su aparición, erradicarlo, adaptarlo o promoverlo. En el siglo II a. C., Menandro, descendiente de los hombres de Alejandro, decidió promoverlo tras ser convencido para seguir el nuevo camino bajo la intercesión e inspiración de un monje de gran inteligencia, compasión y humanidad, cualidades poco abundantes en la zona en aquel tiempo.
En Europa, tras un tiempo en que los cristianos fueron perseguidos por el imperio romano, como durante el periodo de Diocleciano, a finales del siglo III y principios del siglo IV de nuestra era, en el 312 se produjo la conversión de Constantino. El imperio no cambió de forma inmediata ya que continuaron los cultos tradicionales. Se fueron prohibiendo algunos aspectos habituales en la vida de Roma, como los espectáculos sangrientos o la condena a la arena, que fue sustituida por el trabajo en las minas.
Mucho antes de que se produjera la conversión de Europa, el cristianismo se extendió por oriente con inusitada fuerza, alcanzando hasta lugares de la península arábiga –con la conversión del rey de Yemen- o el este de China. Esta expansión, recordaba Frankopan, ha sido ignorada en el mundo occidental durante mucho tiempo. Los cristianos luchaban por los mismos fieles con judíos, budistas y zoroastrianos.
Las luchas entre las diferentes creencias fueron altamente políticas. Se luchaba en el campo de batalla -la guerra santa-, en las mesas de negociación, para captar a un rey que impusiera esa religión como la del estado, o demostrando la supremacía cultural como la bendición de Dios. El cesaropapismo era evidente y sin el apoyo oficial era imposible la expansión del credo. Los reyes veían reforzada su autoridad a través de la intercesión de la religión y su clero.
Judíos y cristianos mantuvieron una intensa tensión. Los judíos atacaban la doctrina cristiana, como se refleja en el Talmud de Babilonia, donde se ridiculiza a la Virgen o la resurrección. La conversión del rey de Himyan, en la actual Arabia Saudí y Yemen, provocó persecuciones y matanzas y la expansión militar etíope que cruzó el Mar Rojo para deponer al rey que perseguía a los cristianos.
Las buenas noticias para los cristianos del oeste fueron un desastre para los del este. Constantino se adjudicaba el papel de protector de todos los cristianos, cualquiera que fuera el lugar donde vivieran, incluido Persia, el enemigo. En la década de 330 d. C. se extienden los rumores de que Constantino va a lanzar una campaña contra su archienemigo. El emperador mandó una carta a Shapur II en la que instaba al Sha a proteger a los cristianos. Lo que debía interpretarse como un amable consejo se interpretó como una amenaza.
Al mismo tiempo, el rey de Georgia (el rey Tiridates III de Armenia ya se había convertido al cristianismo) tuvo una epifanía tan colorida como la de Constantino. Por ello, la ansiedad se convirtió en pánico y Shapur II lanzó una campaña contra el Cáucaso, depuso al rey y le sustituyó con un títere. La reacción de Constantino fue organizar una campaña contra los sasánidas, pero murió antes de su inicio. El emperador persa tomó represalias contra los cristianos, ejecutó al menos a dieciséis obispos y cincuenta sacerdotes y a millares de fieles cristianos que fueron considerados como quinta columnistas que colaboraban Roma para la captura de Persia.
Aquella animadversión hacia los cristianos fue dulcificándose a medida que los conflictos entre Roma y Persia se fueron reduciendo. El siglo IV d. C. supuso el repliegue de Roma a consecuencia de las conquistas de Persia en el límite oriental del imperio. Pero lo que unió a ambas potencias fue un peligro común: los hunos. La neutralización de los pueblos de la estepa devolvió la tolerancia religiosa.
En el siglo IV d. C. se asiste a un cambio climático que tendrá importantes consecuencias: avanzarán los glaciares de Tien Shan, aparecerá la malaria en el mar del Norte, el mar de Aral verá alterada su salinidad. Provocará carencias en muchos ámbitos geográficos y desplazamientos de tribus hacia lugares más favorables. También la unificación de las tribus desde Mongolia hasta las estepas del este de Europa que desplazarán a unos y atacarán a los poderosos.
Pueblos considerados bárbaros, como externos al imperio, se irán asentando en la frontera del Danubio buscando entrar en los dominios de Roma en busca de una nueva vida. En el este, penetrarán por el Cáucaso y provocarán razias en Siria, Asia Menor y Mesopotamia. Será el momento en que ambos imperios buscarán la colaboración. El enemigo lo imponía. Como primera medida, se construirá un muro, al estilo del de Adriano en Inglaterra o del que ya habían iniciado siglos antes los chinos en el norte. Atravesará el Cáucaso entre el mar Negro y el mar Caspio con unas 125 millas de extensión.
El Sha promovió concilios para la unificación del cristianismo del este, que se había ido alejando del occidental desde el concilio de Nicea de 325, al que no fueron invitados los obispos de Persia o de territorios que estuvieran fuera del imperio romano. Se celebraron concilios en Persia en 420 y 424. El obispo de Seleucia-Ctesifonte tuvo la preeminencia en todo el imperio persa.
El concilio de Calcedonia de 451 estableció una nueva definición de la fe cristiana que debiera ser aceptada por los cristianos en cualquier lugar del mundo. El que no cumpliera sus dictados quedaría fuera de la Iglesia, lo que enfureció a los cristianos del este. La escuela de Edesa, el punto central de la iglesia oriental, empezó a generar sus textos, vidas de santos y consejos en siriaco, persa o sogdiano para estar más cerca de sus fieles. En occidente, el idioma oficial era el griego
En 553, Justiniano convocó otro concilio ecuménico para acercar posturas, sin conseguirlo. Otros emperadores lo intentaron sin éxito. Algunos prohibieron las discusiones sobre temas religiosos para evitar ese elemento desestabilizador.
A pesar de todo ello, el cristianismo se expandió por las estepas, hasta Sri Lanka o Yemen. Las grandes ciudades como Basora, Mosul, Tikrit, Merv o Kashgar tenían importantes poblaciones cristianas. También Samarcanda y Bujara.
La expansión llevó consigo los préstamos doctrinales entre religiones. Quizá los más peculiares fueron los obtenidos del budismo, que llevó a algún autor de la época a afirmar una fusión en la práctica de ambas religiones. Del budismo tomarán la importancia de las reliquias para demostrar las declaraciones de fe. Los templos en cuevas tratarán de evocar y reforzar el mensaje espiritual y aparecerán junto a las rutas comerciales uniendo la idea de santuario y divinidad con la de viaje y comercio. Los mejores ejemplos están en Ellora, Elefanta o Bamiyan, en Afganistán.
Cuando la conquista espiritual de Asia por el cristianismo parecía imparable, irrumpió con fuerza el islam.

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