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Una saga islandesa en autocaravana 52. La laguna glaciar de Fjallsárón.


Aún era pronto para terminar la jornada. El camping del parque ofrecía buenas instalaciones, pero nuestra intención era continuar hasta Höfn y visitar antes las lagunas glaciares.
Desde Skaftafell la carretera bajaba hacia el mar. Le cortaba el paso un grupo de lenguas de glaciares. En Öraefi volvía a remontar. Hacia el mar quedaba, aislado por los ríos y la arena negra, Ingólfshöfdi, probablemente otra isla devorada por el avance de los arrastres provocados por los volcanes agazapados bajo los glaciares. El acceso hasta allí era peligroso y quien quisiera ascenderlo debía ir en una excursión organizada. Era un importante refugio para las aves.
Continuamos hacia Fjallsárlón, una de las lagunas glaciares de la zona. Mucha gente visitaba Jokullsárlón y se olvidaba de este lugar. Por ello, era más tranquilo, más auténtico. Hasta la laguna se deslizaba el glaciar Fjalljökull. Bloques de hielo se desprendían y flotaban en aquellas aguas plateadas. Las rugosidades del glaciar se divisaban claramente.
Los icebergs eran de un hermoso color azul claro. Flotaban a la deriva muy lentamente, algunos chocaban. Las formas eran curiosas, aleatorias, quizá caprichosas: cabezas de mujer emperifolladas, animales mitológicos, barcos de puntal alto. El sol empezaba a acercarse a las cimas de las montañas y dibujaba sombras alargadas.
Cuando nos disponíamos a irnos aparecieron unos tipos con traje de neopreno, tablas de surf y palas. Se internaron en la laguna y remaron hasta el glaciar. Daba frío simplemente con verlos. Exigía habilidad para sortear los pequeños icebergs.

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