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Sicilia. Sueños de una isla invadida 74. Regreso a Palermo.


Con el silencio como compañero de ruta improvisado salimos de aquel oleaje de montañas para acoplarnos al costado del mar. Habíamos devorado y acumulado muchas experiencias, como buenos viajeros, y era el momento de asimilarlas. Y recordé lo que escribió Dacia Maraini:
Los ojos tienen la ambición de poseer las formas completas en su integridad y el olfato, a su vez, se empecina en la pretensión de hacer pasar el mundo entero a través de esos dos minúsculos agujeros de carne que hay al final de la nariz.
Sicilia había penetrado en nosotros y aquel paisaje con el mar a nuestra izquierda nos ayudaba a que lo que había pasado por nuestros sentidos con el afán de ser poseído no fuera olvidado.
Entre mis recuerdos estaba el día de nuestra llegada, aunque, curiosamente, ahora recuerdo más intensamente el de la vez anterior, quizá porque lo dejé por escrito y estuvo marcado por algún elemento gracioso, como la circulación del taxista por dirección prohibida pitando a los que conducían en el sentido correcto.

Hacia el mar se desplegaba un centro turístico sin demasiado encanto. Entre la autoestrada y el mar, una hilera de chalets y de edificios bajos, siempre rodeados de jardín. La mediana desprendía un color rojo, acariciante, tranquilo, que se balanceaba con el paso de los vehículos. Era un paisaje típicamente mediterráneo: chumberas, olivos, algún viñedo.
En el mar se perfilaba un lomo que asomaba por encima de las aguas: la Isole delle Femine. Fue un antiguo penal. Debió ser duro estar cercano al paraíso y tener que sufrir el cautiverio. Me pregunté si sería sencillo alcanzar la costa y volver a conquistar la libertad.
El Palermo Nuevo era una sucesión de bloques de casas como las de cualquier gran ciudad donde se hacinaba la población en un ambiente alienante. Poco después estábamos en el parque de los Ingleses. Tomamos la Avenida de la Libertad y no tardamos en alcanzar el hotel.  
Un taxi nos condujo hasta la zona de restaurantes junto al teatro. No nos sentamos inmediatamente y dimos un paseo siguiendo nuestro instinto. La cena fue tranquila.

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