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Sicilia: Sueños de una isla invadida 60. Akragas, Kerkent, Girgenti, Agrigento.



La Akragas griega fue uno de los mejores ejemplos de colonia que destacó al mismo nivel o incluso superior al de las polis de Grecia. Fundada en el año 581 a. C. por colonos de Rodas, Creta y la cercana Gela, su emplazamiento en la confluencia de los ríos San Biagio y Drago, y la cercanía de Cartago, la convirtió en una ciudad próspera. Píndaro alabó su riqueza. Sus fundadores, Aristinoo y Pistilo, según la tradición, acertaron plenamente en la elección del lugar.
Su máximo esplendor lo alcanzó en el siglo V a.C., la época de Empédocles, filósofo, médico y político que nació en la ciudad y vivió bajo el dominio del tirano Terón (488-472). La democracia se fue disolviendo paulatinamente con sucesivos tiranos que, a pesar de tal nombre, mantuvieron la riqueza de la ciudad. Vencieron a los cartagineses en la batalla de Himera, en el 480 a.C, y su decadencia quedó marcada tras la destrucción a manos de ese mismo pueblo en el 406 a.C. Los romanos, desde el 210 a.C., relanzaron su riqueza.

La ciudad nos acogió con la suavidad de la luz de las postrimerías de la tarde, cuando la temperatura no se abalanza con agresividad sobre el cuerpo y las sombras se alargan hasta el horizonte.
El hotel estaba en una zona intermedia entre las ruinas griegas y la ciudad moderna y medieval, probablemente en la misma del hotel de 1996. La ciudad moderna que asomaba en un nivel superior, algo alejada, atraía poco. Recuerdo que nos comentaron que había sufrido los efectos de la especulación urbanística impulsada por la Mafia. A esta organización le daba igual que se machacara el pasado y que devoraran el patrimonio cultural si con ello engrandecían sus arcas. La administración se había puesto de perfil y había permitido ese atentado.

En aquella anterior ocasión, esa parte de la ciudad simplemente fue una imagen alejada tan antiestética como ajena a nosotros. Sin embargo, en la segunda visita, nos acercamos Carlos y yo a saciar nuestra curiosidad. Nos aconsejaron un restaurante del que no he guardado referencias. Estaba en la zona medieval. Aparcamos sin demasiados problemas al no haber mucha gente en la ciudad, caminamos por una calle amplia, para lo habitual en un casco antiguo, a la que desembocaban callejones en cuesta con cierto atractivo. Mantengo un buen recuerdo de aquel paseo por un ámbito levemente iluminado. No alcanzamos la catedral que, por supuesto, estaría cerrada (su visita es aconsejable, según mis lecturas), el conjunto era agradable y parecía haberse confabulado para evitarnos la visión de los horrendos bloques-colmenas. Nos cruzamos con poca gente, con unos caravinieri y poco más. La noche cálida, dulcificada por una suave brisa, no animaba a regresar, aunque estábamos muy cansados.

En 1996, mi estancia coincidió con la noche del 14 agosto, víspera de la virgen. Esa noche hubo una gran fiesta. La gente se desplazaba hasta la playa, a pocos kilómetros, y organizaba un jolgorio glorioso, que nosotros no protagonizamos. Di un paseo con mis amigas, regresamos al hotel y conversamos en plan gran grupo en torno a la piscina. A medianoche, hubo fuegos artificiales.
Carlos y yo regresamos al hotel y tomamos una copa en la piscina donde varias familias al completo se entregaban al baile. Fue una estampa simpática. Todo aquella noche parecía orientado a hacernos felices. Antes, le había propuesto enfrentarnos a la grandiosidad del pasado en una visita nocturna del Valle de los Templos. Los principales estaban iluminados produciendo un fuerte contraste con la noche, lo que enaltecía aquellas columnas orgullosas. Lo había vivido en mi visita anterior. En el autobús resonaba la música de Carmina Burana, de Carl Orff, una estupenda exaltación mítica. El deseo de pasear entre las ruinas acompañados de la luna y las estrellas no pudo cumplirse. Tampoco dispusimos de música heroica. Preferimos guardar silencio y deleitarnos con las imágenes. Por supuesto, aconsejo esta experiencia.

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