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Kirguistán 29. Un paraíso de erosión: el cañón Skazka.



La ruta nos condujo por el sur del lago en dirección oeste. El Issyk-Kul permanecía a la derecha y los campos verdes, el ganado pastando y las montañas de crestas nevadas, a nuestra izquierda. Regularmente, el lago trazaba pequeñas playas y calas que rompían la monotonía de su contorno. Más de uno se quedó dormido en una especie de éxtasis beatífico para reponer fuerzas.

Me había sentado con Ana la de Sestao y charlábamos animadamente. Ello no nos impedía ver el paisaje teñido del gris amenazante de las nubes de lluvia. Esta zona del lago no abundaba en presencia humana. Tras algo más de una hora tomamos un desvío hacia las montañas.
El camino seguía el arenal formado por una rambla. La tierra fue adquiriendo un tono rojizo. Las paredes parecían condenadas a disolverse.

El vehículo aparcó junto a la rústica taquilla. Era la primera vez que encontrábamos una barrera, eso sí, levantada y sin intención de cortar el paso. Iniciamos la marcha por ese cauce amplio y seco. Abundaban los arbustos con hermosas flores de colores morados, amarillos y rojos. Los perfiles eran cada vez más caprichosos y también más interesantes. La arena compactada se alternaba con estratos petrificados, primitivos, primarios, singulares. El ascenso era muy leve. El avance aumentaba nuestra ansiedad.


Skazka significaba cuento de hadas. El cañón recibía ese nombre porque el color de las montañas se transformaba con la lluvia, fenómeno que vivimos en el lugar y del que podemos dar fe. Donde la vegetación no había tomado posesión del terreno, la erosión lo había desgarrado originando unas formaciones caprichosas y misteriosas. Me recordó a las Bárdenas Reales, en Navarra, la Capadocia, en Turquía, o Bryce Canyon, en Utah. El origen de estos fenómenos era el mismo.

Los primeros ejemplos se ofrecían en el camino. Era un simple aperitivo de los más espectaculares que aparecían al avanzar hacia las montañas de tonos hoscos y elevados hombros. Desde un punto elevado y despejado observamos la grandeza del lago.

La alternancia de las nubes densas y los esporádicos claros se manifestó sobre las tierras rojizas, amarillas, naranjas y ocres. Los colores parecían ser mezclados por un ilustrador mágico. Las cárcavas y barrancas trepaban por la montaña, descansaban formando lomos estriados con sus cuerpos, se agrietaban, formaban cavidades como agujeros de un gran queso de gruyere.

Los visitantes habían trazado sendas y rutas que llevaban a los lugares más hermosos. A veces, había que subir por zonas inestables, aunque los más atrevidos no se amilanaban. Los miradores eran continuos y la dificultad principal era buscar un único objetivo.

En un tramo predominaban los tonos anaranjados con ligeras vetas horizontales. En otro, las estructuras que recordaban a dragones dormidos o a soberanos entronizados en lo más alto. Sus mantos se derramaban y se perdían entre las rocas.

El lugar podría ser un homenaje a la desolación. Pero esa opinión quedaba descartada al observar a otra pareja de novios que habían elegido el lugar para sus fotos nupciales. O por los niños correteando o los visitantes haciendo cumbre.


Viento y agua habían sido los agentes inexorables que habían cincelado paredes y montículos.
La idea inicial de subir hasta un punto alto la abandonamos ya que la lluvia había dejado el terreno resbaladizo y pudiera ser peligroso. Edil nos condujo entre las curiosas figuras: unas manos entrelazadas, un lagarto en posición de alerta, una estratificación rasgada.


Observamos a algunas personas con serios problemas para bajar de los lugares más extraños. Ninguno llevaba el calzado adecuado y nos preguntamos por dónde habrían subido.
Sonaron los primeros truenos, lejanos. Los rayos se adivinaban en lontananza. Nos resistimos a abandonar la exploración. El premio fue la mutación anunciada, aunque también se podía convertir en una trampa. Luisa y Jordi se aventuraron un poco más y Edil les esperó. Escuchamos una detonación más fuerte, más violenta, más evidente. Cayeron las primeras gotas. Aún nos resistimos a sacar los impermeables. Pintaba mal.

La amenaza se cumplió y se materializó en una lluvia sin demasiada mala leche. Apretamos el paso con el temor de una tormenta inmensa que impidiera el avance. El regreso fue casi a la carrera, sin posibilidad de seguir degustando el paisaje. En el interior del autobús todos nos reímos y contamos nuestras pequeñas anécdotas.

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