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Kirguistán 28. Noche de lluvia en las yurtas...y despertar somnoliento.



La yurta estaba bien preparada. Mari Mar contó unos ochenta palos que formaban su estructura. En el centro se trazaba la imagen del escudo del país que tantas veces vimos repetida y que representaba la imagen de paz y del hogar. El suelo estaba cubierto de alfombras.

El lugar era cómodo. Disponía de unos camastros o catres con edredón y una gruesa manta. Eran un poco duros, aunque más cómodo que dormir en el suelo. Las chicas optaron por dormir metidas en sus sacos. Yo utilicé el edredón. Me puse los tapones para amortiguar el sonido. Alguien empezó a roncar con vehemencia. Traté de relajarme y esperé a que cesara la sinfonía, lo cual ocurrió en algún momento de la noche. Aquel sonido garantizaba nuestra seguridad contra las alimañas del prado, que pensarían que se enfrentaban a una feroz criatura que descansaba en el interior. Estaba cansado y ligué un profundo sueño.

El viento y la lluvia batieron con fuerza. Era como si el espíritu de la lluvia hubiera estado agazapado en las nubes hasta desplomarse sobre el campo. Los plásticos que recubrían la yurta se agitaban y provocaban bastante ruido. Creo que todos nos desvelamos con la actividad nocturna. Sobre las seis, abrí los ojos y empecé a dar vueltas en la cama. Esperé a que escampara para salir a mear. Para esa hora, alguien había bajado en la entrada una cortina gruesa de esparto para protegerla y que no penetrara el agua. La puerta no cerraba bien y sin ese invento –o detalle- hubiera penetrado y, sin duda, encharcado algo más que la entrada. En el momento de salir llovía muy ligeramente y me aventuré hasta las letrinas, a unos 40 metros, al otro lado de un regato. Mientras estaba dentro, empezó a llover con fuerza. Sólo llevaba el chubasquero y los calzoncillos. Me planteé esperar, pero aquello no tenía muy buena pinta. Al final, me decidí a correr hasta mi yurta.

Después de mí salió alguien y dejó mal cerrada la puerta. Me levanté para atascarla. Se volvió a abrir unos minutos después y Ana, la de San Sebastián, se levantó metida en el saco, dio unos graciosos saltitos y la cerró. Regresó con otros saltitos igual de cómicos. Creo que todos abrimos los ojos y nos reímos silenciosamente.

Daba mucha pereza salir de la cama para ir a desayunar. Lo hice a las 7.45, el último, cuando ya no tenía ninguna excusa. A las 8 nos reunimos en la yurta-comedor. El comentario general fue la tormenta, el intenso batir de la lluvia y el viento sobre el valle. Nadie había dormido profundamente por lo que en el desplazamiento fuimos alternando cabezadas.


La naturaleza adormecida volvió a la vida con el regreso del sol, que trabajaba aún a medio gas. Había que arroparse bien. Me perdoné la ducha de la mañana. No me apetecía nada enfrentarme al agua con el frío ambiente.


Mientras terminaban de cargar el equipaje fuimos avanzando por la pradera hasta el puente. Los rebaños volvían a desperdigarse por el campo. Cuando propusimos a Edil hacer la ruta del desfiladero caminando, nos lo quitó de la cabeza: amenazaba lluvia. Y, efectivamente, al penetrar en el estrecho camino comenzó a llover. Se hizo el silencio en el vehículo. Apenas pudimos disfrutar del paisaje porque los cristales se poblaron de gotas.

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