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Kirguistán 23. Kashgar y las relaciones con China.



Mientras avanzábamos por la carretera, nuestro guía comentó la intensa relación económica que Kirguistán mantenía con China. Pero esa relación había generado un tremendo déficit en contra de Kirguistán y una deuda exterior muy abultada. Tan grande era que en un futuro se planteaba en la calle que la deuda sería condonada a cambio de incorporarse a China.
Al margen de la veracidad de esa afirmación, en la ficha país del Ministerio de Asuntos Exteriores español figuraba que el 80% del comercio exterior del país se canalizaba con China y que había planes para hacer del yuan una moneda plenamente convertible en Kirguistán. En los últimos quince años se habían instalado en este país unos cien mil chinos.
China había invertido en los secotres de energía, minería y telecomunicaciones. El país era su vía de acceso a Asia central, con importantes proyectos de construcción de vías de tren y carreteras para comunicarse con Uzbekistán.
En septiembre de 2013 habían firmado diversos acuerdos que llevarían consigo una inversión de 3.000 millones de dólares en proyectos de infraestructuras, como un gasoducto que trasladaría desde Turkmenistán, vía Uzbekistán y Tayikistán, el preciado combustible.

China no estaba lejos en nuestro recorrido. Hubiera sido una prolongación natural. Cuando aún no tenía perfilado el viaje me planteé ampliarlo hasta la mítica ciudad de Kashgar (o Kasgar), en la región china de Sinkiang, habitada mayoritariamente por los musulmanes uigures. La zona fue incorporada a la China manchú entre 1758 y 1759.
Deseché esa opción al implicar un mayor número de días, más visados y más complicaciones, pero lo que más influyó en mí fue la opinión de mi amigo Alfred, que había estado dos o tres años antes. Las casas de adobe tan características de la ciudad, habían dado paso a impersonales bloques de cemento.
La región de los uigures ha sido en los últimos años un hervidero de conflictos. Según un artículo de XL Semanal, el suplemento dominical de ABC, de ese verano de 2018, los atentados de 2009 y 2014 habían servido de excusa “para implantar un férreo e inusitado control policial”. Todo estaba cubierto de cámaras de vídeovigilancia. Hablar con un extranjero era motivo para ser interrogado, los taxis llevaban dos cámaras conectadas a los organismos de seguridad, decía el artículo. “El gobierno ha creado más de 90.000 plazas de policía sólo desde el verano de 2016, más del doble que en los siete años anteriores”. No era mi deseo sumergirme en un lugar así.
La información que desplegaba del autor del artículo, Bernhard Zand, era espeluznante. Su conclusión, “lo que un régimen autoritario es capaz usando la tecnología del siglo XXI”, me llenaba de preocupación porque el avance del gigante asiático es imparable. Es la versión moderna del Gran Hermano.
A los que eran sospechosos los detenían y los mandaban a lo que denominaban “irse a estudiar”, expresión que realmente significaba mandar a un campo de reeducación. El programa de “evaluación social” era como un carnet por puntos sobre la fidelidad al régimen. Partiendo de 100 puntos, se restaban por actividades nimias, pero consideradas sospechosas, ya no digamos subversivas. Quedarse con menos de 60 puntos era arriesgado.

Las conclusiones negativas también eran ratificadas por el escritor William Dalrymple en su libro “Tras los pasos de Marco Polo”, que leí a mi regreso. Viajó a la zona en 1986. Confirmaba la desaparición de las casas antiguas y de algo más que eso: su esencia. Se hospedó en la antigua sede del Consulado Británico, que había perdido su encanto:
Si Chini Bagh ha perdido buena parte de su romanticismo desde los días del Gran Juego, lo mismo ha ocurrido con el resto de Kashgar. Una nube de polvo gris flota por encima de la ciudad como un velo. Las antiguas murallas han sido derribadas y sólo quedan en pie algunos fragmentos. En medio de los bazares se han abierto calles largas y amplias con carriles separados para coches, autobuses, bicicletas y peatones… Pero los chinos quieren dar la impresión de que Kashgar es una ciudad abierta al siglo que viene. Por esta razón a cada lado de las calles se construyen edificios totalitarios sin ningún encanto y en el centro de la avenida principal se levanta una estatua de grandes dimensiones de Mao con la mano alzada en señal de bendición a las extensiones vacías del Parque Popular. La Kashgar musulmana es atacada por la Pekín marxista, y la ciudad aún lleva las cicatrices de la Gran Revolución Proletaria de finales de los años sesenta. Los uigures, el único pueblo de Asia que no se molestó en ofrecer resistencia a Gengis Kan, han presenciado cómo las tropas manchúes de ocupación eran reemplazadas por las tropas de ocupación maoístas. Durante las dos últimas décadas han seguido mirando cómo la Guardia Roja quemaba sus mezquitas, prohibía el Corán, encarcelaba a sus mullahs y cerraba sus escuelas, bazares y medersas. Los uigures tienen muy buenas cualidades, pero no son una raza valiente.
Dalrymple destacaba la capacidad de supervivencia de los uigures y quizá en ella radicaba la posibilidad de que algún día salieran de esa pesadilla y volvieran a ser el pueblo pacífico y comerciante que habían sido.
Nuestro vehículo se fue alejando más de la frontera china.

Nota sobre las imágenes: la fotografía del minarete de Kashgar y la imagen antigua de la ciudad han sido obtenidas de Wikipedia y tienen licencia Creative Commons que permiten su distribución.

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